Siento que cruzo un desierto sin término,
herido por espejismos atroces
que siempre fingen.
Son lejanía,
más allá la estación que no alcanzamos,
sombra perenne que camina a mi costado,
intangible,
incansable en su juego de simulacros,
en el trueque de los destellos.
Como rumores de estrellas fugaces,
ecos de premisas que nunca fueron.
Y prisionero en el andén, aguardo.
Cómo pesa este sueño,
lo oportuno se deshace poro a poro,
o tal vez a tajos,
como la piedra de Sísifo, incólume,
en el destino impreciso... la penumbra.
Soy el que regresa,
contando cada giro de la noria,
y el resuello es hondo,
la sima se agiganta
mientras marchamos en silencio
por la tierra húmeda,
entre raíces de álamos y perfumes de sándalo,
fijos entre las últimas frases
y el silicio del tiempo
que recuerda aquella estación
en que aún... soñábamos.