¡Ay! Le duelen las patas, la cara, el tronco verde, las orejas y de vez en cuando la sonrisa agrandada, que en su rostro pálido anda. Es Lama-glama, la llama hipocondríaca, que asegura estar enferma, todos los momentos que la vida le obsequia.
Como estamos en cuarentena, los médicos están en las clínicas atendiendo urgencias, por eso envían uno a casa, para que no salga y no se contagie con el virus que por ahí anda. El especialista llega, la examina con cautela, la ingresa en una máquina mágica, que permitirá ver lo que adentro la quebranta.
Los resultados no son preocupantes, en su interior no hay nada chocante, está llena de fresas y aguacates, de estrellas y negro chocolate. El médico le da vitaminas, para que se sienta bien la chica, Lama-glama bajo el brazo las guarda, está feliz, amanecerá sin dolor mañana.
Tras varios días, se terminan las pastillas y como está aburrida, empieza a crear caras amigas. Hace una brava, otra con una sonrisa exagerada, también una dormida y en la pared pone a sus nuevas amigas. Lama-glama se siente contenta, la enfermedad le trajo amistades verdaderas, ahora en las tardes hablan y comparten la merienda que ella prepara.