“Entre el suelo y el cielo Juan Salvador prefiere el suelo
Entre el encanto y el espanto nos quedamos con su encanto”
El sábado siguiente, Antonio y yo no pudimos llevar a Juan Salvador a “sus prácticas de vuelo” porque tuvimos un compromiso laboral inesperado. Eso nos causó mucha intranquilidad. Pensábamos con remordimiento que cada día en la jaula era tan nocivo para el ave como lo sería para un niño o una niña estar sin estudiar o jugar.
Los escasos plumones en la cabeza de Juan nos indicaban que, aunque habían pasado más de dos meses desde aquella tarde que lo encontramos en el estacionamiento, él todavía no alcanzaba la madurez para volar. Algunas personas nos aseguraban que sobreviviría si lo dejábamos en las inmediaciones de un basurero, pero nosotros estábamos conscientes de que cualquier ciudad suele ser muy hostil para los animales, no solo por la actitud displicente de algunas personas hacia ellos, o incluso por la territorialidad de otros animales, sino además porque la misma ciudad (sus estructuras, edificios, escaleras, pasadizos, avenidas) no fue construida pensando en incluir a los animales y, por tanto, está llena de obstáculos que limitan su independencia y su dignidad.
¿Qué haríamos si la inflexibilidad de nuestro horario laboral nos impedía darle el tiempo libre que Juan Salvador requería? ...Mi mamá tuvo la idea de ir a preguntar si algún zoológico de la ciudad accedía a cuidarlo mientras completaba su desarrollo y alzaba el vuelo.