Capítulo 8: RAMÓN Y EL INFINITO

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La experiencia con Juan Salvador Zamuro en el parque nos había enseñado que aunque un ave puede permanecer aparentemente tranquila en una jaula adecuada, solo es posible conocerla a profundidad cuando se le permite moverse con total libertad. Solo de esa forma, en plena libertad, las aves despliegan todas sus facultades y causan una intensa inquietud psíquica en quienes las observamos. ¡Cuán triste o malhumorado, cuán interiormente mutilado puede parecernos un pájaro acostumbrado a vivir en una jaula, y cómo contrasta eso con la movilidad y vivacidad que demuestran cuando gozan de absoluta libertad!


Por asociar las jaulas a la cárceles y por comprender que Juan debía emanciparse por completo, mi mamá y yo fuimos de Oeste a Este por los zoológicos de Caracas pidiendo albergue temporal para un zamuro, pero no en una prisión, sino en un espacio abierto y seguro en el que recibiera comida y pudiera estirar las alas, practicar los pasos, acicalarse, curiosear, perder el miedo y finalmente volar cuando estuviera preparado. En todos los sitios nos encontramos con un rotundo “No”. Ahora que me encuentro narrando aquella experiencia me doy cuenta que actuamos con una gran ingenuidad, pues es muy difícil que las personas de un zoológico (en general acostumbradas al cautiverio y a la cosificación de los animales) estén dispuestas a asumir los riesgos, costos y molestias que implica dar libertad parcial a un animal hasta que alcance su completa autonomía.

Pero aquella ingenuidad no fue en vano, como no lo son algunos deseos infantiles, pues fue en esa candorosa búsqueda que hallamos a Ramón: un joven trabajador del Parque Francisco de Miranda que se ofreció a cuidar al zamuro en su casa, hasta que volara. Ramón vivía en un sector de Caracas llamado La Pastora, muy cercano a la inmensa formación montañosa que rodea nuestra ciudad.

El gesto que nos permitió concluir que Ramón era el cuidador adecuado, no fue tanto que contara en su casa con un patio abierto al borde de un cerro, como que él mismo nos advirtiera que los zamuros desvalidos deben tener una protección especial porque no son apreciados en sus aspectos profundos. Ramón también nos contó, con pesar, la forma en que los gallos, gallinas y palomas (especialmente si son negros o blancos) son codiciados para ser sacrificados en actos de brujería. ¿Por qué?, gritó Juan Salvador desde mi cabeza, ¿por qué? gritaron las palomas, los gallos, las gallinas, las ratas, las ranas, los sapos y también gritaron los niños, las niñas, los adolescentes, las mujeres, las personas albinas, las personas con discapacidad- ¿Por qué? ¿Por qué la historia está manchada con la sangre ritual de los seres diferentes? ¿Por qué se aprovechan de una voz amorrada para hacernos sujetos de sacrificios, torturas o experimentación científica?.

Pero Ramón, con su voz fuerte y sus palabras claras calmaba los gritos en mi cabeza. Y también llegó a mi cerebro Patricia, vestida como una Artemisa contemporánea que optó por cultivar en vez de cazar y se hizo vegetariana; llegó Miguel, armado con su lápiz mágico para ofrecer un árbol eterno a todos los olvidados del mundo; llegó Alejandro, con su cámara de fotografiar en vez de rifle y con su canto en vez de quejido; llegó mi madre amorosa que estaba allí mismo, conmigo a pesar de sus dolores; llegó el hermano de mi infancia, santo protector de los animales; llegaron mis gatas amistosas; llegó también Konrad Lorenz desde el pasado, seguido de innumerables grajillas, gansos y cuervos agradecidos; y por último, llegó Antonio con su noble corazón entrelazado a la naturaleza viva. Tuve entonces la sensación de que todas esas personas representaban un infinito prometedor. Pude suspirar y cerré el trato con Ramón: ¡Juan Salvador se iría a su casa! …y el planeta entero tenía esperanzas al haber incontables seres bondadosos como esos que habían llegado a mi cerebro, a mi corazón y a mi vida.

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Capítulo 8: RAMÓN Y EL INFINITO | Ecency