"¿El dinero para qué sirve? ¿Para vivir mejor de lo que yo vivo? Yo me pego dos duchas calientes por día. No me quita el sueño ganar más. Prefiero la tranquilidad de saber que no necesito demasiado para estar bien. A veces, cuanto más tenés, más problemas aparecen. La verdadera riqueza es estar en paz con lo que uno tiene".
Ricardo Darín, es un gran actor argentino y acabo de leer estas palabras que ha dicho en alguna parte, lamento no conocer dónde. Apenas he podido acceder a este fragmento y me ha bastado para hacer una reflexión.
Me quedo pensando en las palabras de Darín. Las repito en voz baja, como si al decirlas pudieran convertirse en algo más que un consuelo, en algo parecido a una verdad. "La verdadera riqueza es estar en paz con lo que uno tiene".
Pronto cumpliré cincuenta y cinco años. Lo haré sin festejos, porque en este país en ruinas los cumpleaños son solo un recordatorio de que el tiempo pasa, pero no mejora nada.
Aún así, sigo escribiendo. No por disciplina, no por esa romantización absurda del arte por el arte, sino porque es lo único que me queda. Cuando todo se desmorona, las palabras son los ladrillos con los que uno intenta reconstruirse.
Pero Darín habla de paz. ¿Dónde se encuentra esa paz cuando el cuerpo duele, cuando el dinero no alcanza ni para los remedios, cuando el futuro es solo una palabra? A veces pienso que la tranquilidad de la que habla es un privilegio de quienes ya han pasado por el hambre y han salido del otro lado. Yo todavía estoy en el medio del barro.
Sin embargo, hay algo en su reflexión que me resuena. No es resignación, no es conformismo. Es algo más profundo: la aceptación de que el deseo es otra forma de pobreza.
Yo no tengo auto, no tengo cuenta en dólares, no tengo un departamento con vista al río. Pero tengo dos o tres libros que releo hasta que las páginas se despegan del lomo. Tengo una ventana por donde entra el sol de la tarde, ese que pinta la pared de amarillo y hace que por un momento todo parezca menos feo. Tengo un par de amigos que, como yo, sobreviven a los golpes y aún así se ríen de sus propias desgracias.
¿Es eso la riqueza? No lo sé. Pero sé que cuando me aferro a lo que tengo —poco, tan poco—, el miedo se hace más chico. El problema no es la falta, sino la comparación.
Vivimos en un mundo que nos grita que nunca es suficiente, que deberíamos correr detrás de una felicidad hecha de objetos y de apariencias. Y uno, en medio de la precariedad, empieza a creer que su vida no vale porque no llega a ese estándar inventado.
A veces, en mis peores días, me pregunto qué hubiera pasado si hubiera elegido otro camino. Si me hubiera dedicado a algo útil, a algo que dejara dinero. Pero luego recuerdo que incluso los "exitosos" están llenos de grietas. Conozco a unos cuantos. Tienen casas grandes y viajes al exterior, pero también tienen úlceras y divorcios y noches en vela preguntándose para qué sirvió tanto esfuerzo.
No, no es que la pobreza sea virtuosa. No me hago el iluminado. La pobreza duele, degrada, mata lento. Pero hay algo en aprender a vivir con lo justo que te quita el veneno de la ambición sin sentido. No aspiro a mansiones. Aspiro a que el dolor de espalda no me despierte a las tres de la mañana. Aspiro a que el pan siga llegando. Aspiro a terminar este texto y sentir que, aunque sea por un rato, logré decir algo que valía la pena.
Tal vez la verdadera riqueza no sea la paz, sino la capacidad de encontrar pequeños refugios en medio del caos. Una ducha caliente. Un verso que se sostiene en el aire. El sonido de la lluvia en el techo, que por alguna razón siempre me tranquiliza.
Sigo siendo un escritor pobre en un país que se cae a pedazos. Pero hoy, al menos hoy, no me duele el alma. Y eso, en este mundo, ya es algo. O tal vez no.
¿Cómo lo ves tú?
© Texto e imágenes de mi Autoría.
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