Ser escritor puede ser peligroso. Estás en la arena. A pecho descubierto. Látigo que restalla. Intentas domar a la fiera.
Las palabras, como la madera del caserón de mi infancia, se rajan. Las frases más pulidas, las que produce con esmero de ebanista un escritor, a veces suenan falsas, como ventanales de una cripta imperial que no atrapan el alma. Es el riesgo de este oficio: creer que lo escrito resistirá el tiempo, solo para descubrir que se ha vuelto polvo en la boca del lector.
Mi madre decía que las palabras eran como horcones de caguairán: si no se clavan bien, el viento las arranca. Ella vendía dulces con la misma dignidad con que los mambises empuñaban sus machetes. De ella heredé el miedo a que mis frases se convirtieran en murmullos.
Escribir es construir una casa. Cada palabra es un tablón que cruje bajo el peso de lo no dicho, de los fantasmas que susurran desde los rincones: "Todo ya fue escrito antes", advierte Rulfo. Pero sigo clavando horcones, sabiendo que ningún cimiento es eterno. A veces, en medio de la noche, siento que el techo de mis historias se desploma. Entonces recuerdo el caserón de mi infancia, sus paredes tambaleantes pero en pie a mitad del huracán, bendecidas por la Virgen del Cobre. Quizás, pienso, las palabras viejas puedan renacer.
Cada mañana reviso mis páginas como mi madre olfateaba las frutas arrancadas a las entrañas del marabuzal. Busco el olor a lo falso. Las mentiras, decía, huelen a pescado podrido. Y yo he aprendido a detectarlas: en el adjetivo que disfraza su vulgaridad con elegancia, en la metáfora demasiado brillante que esconde su vacío. Cuando las encuentro, borro la cuartilla con el mismo gesto con que ella descartaba una guayaba podrida. No hay perdón para lo que no resiste el tacto.
Una chica me dice "se te dan bien las palabras", y en su voz hay desconfianza. Es el mismo tono con que los clientes palpaban los dulces de mi madre, buscando el engaño bajo el papel. ¿Cómo explicarle que no son monedas falsas ni siquiera monedas que convenzan? Que si le hablé con el pecho abierto fue como mi abuelo descargaba sacos de café a mitad de las guardarrayas: dejando caer el peso verdadero, aunque lastimara. Las dudas de esa chica me alertan que ninguna palabra es inocente. Todas llevan las cicatrices de quien las escribe. Hay palabras buenas y hay malas palabras.
Escribir exige terquedad. Las frases, si no se hunden lo suficiente en la tierra del dolor o la alegría, se las lleva el primer viento. Y entonces quedas desnudo.
Recojo las palabras caídas, las limpio del polvo, las froto contra el pantalón. A veces brillan. Otras, no importa cuánto las pulas, siguen opacas, falsas como el dorado de un relicario barato. Pero insisto. Porque sé que en alguna, en una sola quizás, está el destello que justifica lo demás.
Esta es la lucha: escribir como si cada línea fuera a ser leída por los fantasmas. Sabiendo que la Virgen del Cobre, con su manto desteñido, observa desde un rincón si uno es fiel o si adorna la verdad con frases bonitas.
Peligroso es escribir, sí. Pero más peligroso es dejar que las palabras se pudran en la boca, como fruta caída en el fango. Peligroso es olvidar. Cuando una palabra verdadera se hunde lo suficiente, puede brotar de nuevo, como aquel caguairán que resistió quinientos años de huracanes.
Gajes del oficio, dicen. Pero también cuestión de honor. Como vender dulces con la cabeza alta. Como mantener en pie, contra todo, la casa de las palabras.
✍️ 𝕲𝖗𝖆𝖈𝖎𝖆𝖘 𝖕𝖔𝖗 𝖛𝖎𝖘𝖎𝖙𝖆𝖗 𝖊𝖘𝖙𝖆 𝖕𝖚𝖇𝖑𝖎𝖈𝖆𝖈𝖎ó𝖓
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𝖀𝖓 𝖕𝖔𝖈𝖔 𝖉𝖊 𝖒𝖎
Soy escritor. Algunos de mis libros son: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), El orden natural de las cosas (2015), La Sangre del Marabú (2020), La Sexta Caballería de Kansas (2024) y La Nada Infinita (2024)
𝕽𝖊𝖉𝖊𝖘 𝕾𝖔𝖈𝖎𝖆𝖑𝖊𝖘