(Imagen de apoyo creada con Gemini)
Este es un cuento que hice hace algunos años atrás, respondiendo a un reto no escrito sobre hacer historias de ciencia ficción basadas en repartidores. Espero que lo disfruten
El mejor en el negocio
Por Roberto Armas Saladrigas
Soy el mejor en el negocio. Es lo que siempre me dice mi jefe y todo el que me conoce, a pesar de que mi rostro no aparece en ninguna holopancarta publicitaria. Quizá por eso es que sigo aquí, viviendo cómodamente y siendo respetado a pesar de ser un xenoide y un inmigrante que hasta hace poco vivía en una casa vieja de los suburbios con piso de cemento y un agujero en el techo.
Ni siquiera soñaba en ser considerado así cuando llegué, hace unos años, de polizón en una gabarra de fertilizante. Por un extraño giro del destino, los oficiales de aduana de aquel planeta de media ola que ahora considero mi hogar estaban al tanto de la existencia de mi especie...y se hicieron de la vista gorda conmigo y con los otros treinta o cuarenta que habían tenido la misma idea que yo. De haber sido humano, uluriano o patayón, aquellos tipos me habrían enviado de vuelta sin miramientos o dejado a la deriva en el espacio en el peor de los casos, sin siquiera tomarse la molestia de preguntarnos los nombres.
Sin embargo, seguí teniendo mucha suerte. Un importante activo del puerto, informado de nuestra presencia, nos ofreció trabajo en la colonia de inmediato, junto con pasaportes y licencias en regla. Por desgracia, los polizones de la gabarra éramos muchos y las buenas ofertas muy pocas. Y yo no era ni el más bonito ni el más inteligente ni el más fuerte. Solo uno más entre decenas. Así que me tocó el peor y más barato de los trabajos. Y me convertí en repartidor-mensajero.
Quizá y no debía preocuparme. Sólo tenía que repartir comida y paquetes de todo tipo. Como no conocía el empleo, me pareció normal y hasta un poco mundano. Pero desde el primer día, cuando aquel monstruoso perro me derribó como defensa de fútbol americano al lanzarse encima de mi supe que no era algo normal ni mucho menos. Algunos de mis compañeros, apenados por mi inexperiencia, me contaron la verdad: el dichoso trabajo estaba, por algún extraño giro del destino, maldito. Muchos no sobrevivían a sus encargos, usualmente porque alguien o más bien algo se los comía por el camino. No sólo eran los perros, zarks y otras bestias que los ciudadanos de los suburbios tenían de mascotas: literalmente todo quería tomarla por las malas con los repartidores. Los peor tratados eran los que repartían pizza. Luego seguían los carteros, los de mudanza y por último los de entrega especial. Eran los peor pagados porque los de arriba sabían que no sobrevivirían la semana. Y por un tiempo pensé en lo suertudos que fueron algunos de mis compañeros.
Pero yo me propuse salir adelante, a pesar de los problemas. No me iba a resignar a vivir como algunos, de vagabundo en algún parque en contacto con la naturaleza, como mismo vivía en mi planeta natal. Iba a usar mis capacidades naturales y las iba a aprovechar en serio.
Así fue como me percaté de que los perros, los que apenas llegaba un repartidor de otra especie (especialmente uno zaiko, por lo de que parecen gatos grandes y eso) les iban arriba hechos unas fieras, me ignoraban por completo si caminaba lo más pausadamente posible en su presencia. Sólo tenía que vigilar que los malditos chuchos no me orinaran las pantorrillas y ya podía hacer mis entregas con tranquilidad. Los zarks, buñips y demás bichos no parecían tener interés en mí...si no me movía demasiado rápido. Entonces se me lanzaban encima y me sacudían, aunque esos trances no me afectaban mucho. Lo más vergonzoso que recuerdo fue cuando uno de ellos me enterró en un patio. Logré salir al tercer día, cuando ya estaban buscando reemplazo y se habían repartido mis pocas pertenencias, las que pude recuperar luego de que el jefe me reintegrara.
Sin embargo, pronto mis habilidades me hicieron destacar entre mis compañeros, quienes le sugirieron a nuestro jefe de zona que me asignara encargos más difíciles, quizá con la secreta esperanza de deshacerse de mi. Pronto me vi llevando comida uluriana (de esa que se come al repartidor con ropa y todo), expandiendo mi territorio al cercano gueto xenogrifo, donde por el momento sólo se usaban androides paradisianos blindados que cobraban demasiado para el flaco presupuesto de la empresa de repartos, e incluso metiéndome en El Deshuesadero, ese pintoresco barrio donde hasta el más valiente de los repartidores podría terminar en una de las pilas de desecho de las fiestas caníbales de los Desclasados que lo habitan.
Por supuesto, nada me pasó. Las delicatessen de los grandotes lilas de cuatro brazos, famosas por despedazar a otros repartidores, se comportaban como comida normal en mi presencia. Los xenogrifos, feroces carnívoros inteligentes que atacaban instintivamente a los humanos, ni siquiera hacían aparecer sus temibles dentaduras...aunque un par de veces algún que otro cachorro se afiló las garras en mi piel sin mucho daño. Y el Deshuesadero... bueno, ahora los delincuentes andan armados con pesados lanzallamas por muy buenas razones. Me convertí en un ejemplo a seguir y en el único superviviente de los que trabajaban cuando entré, así que soy como una especie de veterano por estos lares.
Hoy por hoy, vivo en una hermosa casa de techo de cristal y un bonito jardín con tierra de primera calidad donde suelo pararme por horas. Mi jefe admite que tenerme le ahorra un dineral en comida y vestuario, así que está pensando entrenar toda una brigada de repartidores de mi especie de los que seré instructor...con lo que espero un ascenso luego de casi cinco años de entrar en servicio. He buscado incluso a muchos de los que vinieron conmigo y parece que les va bien. Algunos, como Rita Root, lograron hacerse grandes modelos de las mayores casas de alta costura. Otros se convirtieron en grandes jardineros, alabados por sus arreglos florales. Los de más allá se convirtieron en empresarios, aviadores, generales...
Sólo yo soy un humilde repartidor en este mundo donde las casi 77 especies conocidas se funden y conviven. Pero soy considerado el mejor del negocio. Y eso, para un hombre-árbol de Flora como yo, es algo digno de destacar.