Detrás del Telón (El Funeral Gitano)

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(Imagen diseñada por mi en canva)

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Bernardette entró en la habitación del anciano Janosh que se encontraba sudoroso, pálido y débil, murmurando cosas que solo para él tenían sentido.

—¡Él lo mató! ¡Hay sangre, mucha sangre! —repetía constantemente—. Jean Paul ¡No entres allí!

—Está cada vez peor, María —se lamentó Branco—. No creo que pase de esta noche.

Su mujer lo abrazó y entonces vieron a Bernardette.

—¿Cómo está? —preguntó la muchacha, mirándolo con tristeza.

—Bastante mal —contestó Branco en medio de un sollozo—, no pasará de esta noche.

—Eso solo lo sabe Dios —lo contradijo Bernardette colocando una mano en su hombro—. Tenga fe.

—¡Qué buena eres, Berni! —exclamó María, mirándola con ternura.

De pronto el anciano moribundo advirtió la presencia de Bernardette.

—¡Pequeña Gachí! —la llamó.

—¡Aquí estoy, Janosh! —respondió ella acercándose al lecho.

—¡Huye mientras puedas! ¡Aléjate de él! —advirtió con un hilo de voz mientras hacía un tremendo esfuerzo para hablar—. ¡Tú eres una ofrenda, su ofrenda!

Bernardette miró al patriarca y a su esposa con gesto interrogativo, él se encogió de hombros.

—Está así desde hace rato, murmurando cosas sin sentido. Perdónalo, no sabe lo que dice —intervino Branco.

—Quizá te mandó a llamar porque quería despedirse de ti pero ya lo ves, vuelve a desvariar —añadió María.

Bernardette negó con la cabeza.

—No lo sé... es que a veces él suele decirme eso. No comprendo lo que significa pero las pocas ocasiones que he podido sostener una conversación con él, siempre repite lo mismo. Quizá tenga algún significado para él.

—Solo delira —opinó María—, sabes que el pobre ha perdido la razón desde hace muchos años.

—Lo tiene en la habitación blanca —continuó Janosh con la mirada fija en el techo de la tienda y la mano derecha entre las de Bernardette que lo contemplaba con aprensión y desconcierto.

De pronto el anciano desvió la mirada para posarla sobre la joven mujer.

—¡Tú eres la ofrenda para Obéck! —exclamó antes de expirar.

—¡Janosh! ¡Janosh! —lo llamó Bernardette con desespero pero él no contestó, siguió allí, con los ojos ahora inexpresivos, laxos y a media asta.

—Se ha ido —declaró la muchacha con voz débil y se dispuso a cerrarle los ojos.

—¡Padre mío! —exclamó Branco arrojándose al lecho de Janosh—. Usted siempre fue el mejor patriarca, ¡vaya con Dios!

Bernardette no pudo contener las lágrimas.

—¡Lo siento mucho! —expresó con sinceridad antes de santiguarse.

—¡Se cumplió la voluntad de Dios! —exclamó María antes de salir de la carpa para dar la noticia a la tribu.

Un momento después se escuchó un llanto colectivo y los hijos del patriarca entraron en la tienda.

Al Amanecer, todos los artistas del circo se había enterado de la muerte de Janosh, así que se acercaron a la carpa del patriarca para presentarle sus condolencias a él, a su familia y al resto de la comunidad gitana. Bernardette, por su parte, pasó la noche en vela junto a la familia.

Branco preparó el cadáver de su padre: lo perfumó y vistió con sus mejores galas, dignas de un patriarca, incluso le puso entre las manos el bastón que usaban los patriarcas para distinguirse del resto de la tribu y para inspirar respeto.

Los hombres gitanos armaron una carpa junto a la de Branco y allí ubicaron el cadáver del anciano sobre una mesa, debajo de ésta ubicaron todas las comidas que solían gustarle al difunto. Luego Branco fue a hablar con Fabrizzio con la intención de solicitarle permiso para que sus hijos no participar en la función de esa noche debido al luto que tenían que respetar, como era de esperarse, el patrón se lo negó, aduciendo que no podía darse el lujo de prescindir de alguno de los números y que si no estaba dispuesto a respetar sus órdenes, entonces podía marcharse con toda la tribu.

—Pero padre, nosotros no queremos actuar, al menos no esta noche —replicó Renzo, llorando de impotencia cuando su padre le participó la resolución de Fabrizzio.

—¿Pero usted le explicó que nosotros le debíamos guardar luto al abuelo durante al menos los tres días del velorio? —preguntó Luna con la voz quebrada, aunque intuía la respuesta.

—Lo hice, hija —contestó Branco—, pero mientras estemos aquí, mi autoridad como patriarca se ve opacada por la de ese maldito vampiro —se dejó caer en un sillón, llevándose las manos a la cabeza—. Creo que será mejor que levantemos la caravana y salgamos de aquí.

—¡No! —gritó su familia al unísono.

—Este circo es nuestra vida, Branco —alegó María, sentándose en uno de los brazos del sillón—. Esta tribu ha permanecido aquí por generaciones, el circo corre por nuestras venas.

—Pero antes la situación era distinta —objetó su marido—, ese crápula no daba las órdenes.

—Sé que a usted le tocó asumir la responsabilidad de guiar a la tribu justo en el momento en que el vampiro se convirtió en el dueño del circo, pero aun así ha hecho un excelente trabajo, padre —Renzo habló con admiración.

—Ha sido realmente difícil —dijo Branco con una débil sonrisa para agradecer las palabras de apoyo de su hijo.

—Pero no podemos irnos —pugnó Luna, sollozando—. ¡Por favor!

—Es cierto —intervino María—, sé que tú eres el que tiene la última palabra, pero no me gustaría que nos marchásemos dejando a Bernardette a merced de ese.... malvado.

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La fría brisa de otoño arrancaba las escuálidas y amarillentas hojas de los árboles, depositándolas a los pies de los habitantes de La Fantaisie, proporcionándoles una alfombra natural. Esa noche, el circo ofreció su función como siempre lo hacía, después de todo, el show debía continuar, sin importar cuando dolor hubiese en el ambiente; a veces esa era la vida que le tocaba vivir a los artistas, salir al escenario con el alma herida y aún así seguir brillando como una estrella en el firmamento.

Los lugares en las gradas y palcos se fueron cubriendo de hombres, mujeres y niños que llegaron allí con el propósito de divertirse, y lo hacían, reían con las locuras de los payasos, se maravillaban con los acróbatas y también se sorprendían con las extraordinarias habilidades que tenía Luna para adivinar (con los ojos vendados) los objetos del público que su hermano le mostraba. La audiencia también se embelesaba al ver a los hermanos danzar al son de las guitarras que ejecutaban los gitanos, acompañadas de la voz de Renzo, ignorando que aquellas sonrisas eran fingidas porque en ese momento su alma lloraba por el abuelo que yacía muerto en una carpa, mientras algunos gitanos a su alrededor rezaban por su alma, llorando su partida.

Al terminar la presentación, detrás del telón Luna se arrojó a los brazos de su hermano llorando con desconsuelo, ambos se sentían traidores a la memoria del abuelo al no poder guardarle luto. Ellos no debían bailar ni vestir ropas alegres por lo menos durante una semana.

Janosh fue velado en la carpa fúnebre durante tres días, María preparó previamente un ungüento con hierbas que Branco utilizó para preservar el cadáver de su padre. Durante el día, los dolientes rezaban y lloraban junto a él, pero durante la noche el llanto se mezclaba con la música de la banda circense y la algarabía del público que ovacionaba al par de gitanos que danzaban con el alma herida. Pasado los tres días de duelo, lo enterraron en el cementerio de París. Así son los gitanos errantes, no pertenecen a ningún lugar en específico y al mismo tiempo pertenecen a todas partes. Aunque Janosh no era francés, sino español, su cuerpo yacería en la tierra que lo vio por última vez.

No solo los gitanos asistieron al sepelio sino también los mosqueteros, los hermanos islandeses y Bernardette. Cada uno de los miembros de la tribu depositó una rosa sobre el ataúd e hizo una promesa al anciano, mismas que fueron consideradas sagradas.

Los presentes, pertenecientes a la comunidad gitana o no, quedaron estupefactos al ver a una Danitza devastada, vestida con traje negro al igual que el sombrero. La chica tomó su rosa, la besó y la dejó caer al agujero junto con sus lágrimas, posteriormente juró, entre sollozos, que ese sería el último día que vestiría ropas de gachí, ya que jamás renegaría nuevamente de su raza. Su padre la rodeó con un brazo para consolarla y Branco también se acercó a ella en ese momento tan emotivo.

—¿Estás segura de que quieres hacer esta promesa, Danitza? —preguntó el patriarca.

—Lo estoy —respondió ella con seguridad.

—Pero hija, debes estar completamente convencida de que podrás cumplir esa promesa —intervino Tibo—, de lo contrario quedarás...

—Prókleta (Maldita) —Danitza completó la oración hablando en romaní—, y seré rechazada por la tribu, aunque en realidad ya he sido rechazada una y mil veces —concluyó encogiéndose de hombros con tristeza mientras miraba al suelo.

—Jamás te rechazaron tus hermanos de la tribu —aclaró Branco, tomándole la barbilla con la mano para alzarle el rostro y así poder mirarla a los ojos—. Fuiste tú quien nos despreció, pero nunca dejamos de verte como a una de nosotros. Sé lo mucho que quisiste a mi padre y por eso estoy seguro de que cumplirás tu promesa —el patriarca observó a cada uno de los miembros de la tribu mientras las palabras salían de su boca—. Acepto tu promesa como patriarca de la tribu, y te recibo con los brazos abiertos como el hijo prodigo cuando volvió a casa después de haberla abandonado¡Bienvenida nuevamente!

La chica sollozó todavía más en los brazos de Branco mientras Tibo, en medio del dolor que lo embargaba por la muerte del anciano, sentía una inmensa alegría por la reivindicación de su hija y la nobleza de su patriarca.

—¡Qué grande eres, Branco! —exclamó—. Sin duda eres un líder maravilloso, aunque Janosh no pudo continuar guiándonos, nos dejó en buenas manos ¡Qué viva nuestro patriarca! —gritó con fuerza.

—¡Qué viva! —fue la respuesta colectiva.

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(Imagen diseñada por mi en canva)

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