Visitar El Mirador de Caripe siempre es un reencuentro con la paz. Al llegar a las alturas de este hermoso rincón del estado Monagas, lo primero que te atrapa es la imponente presencia de sus montañas. Un horizonte infinito pintado de verdes intensos que se superponen entre la neblina y la brisa fresca. Estar allí, bajo la sombra de la vegetación, es una invitación directa a detener el tiempo y contemplar la inmensidad a través del lente.
Visiting El Mirador de Caripe is always a reunion with peace. Upon reaching the heights of this beautiful corner of Monagas state, the first thing that catches you is the imposing presence of its mountains. An infinite horizon painted in intense greens that overlap between the mist and the fresh breeze. Being there, under the shade of the vegetation, is a direct invitation to freeze time and contemplate the immensity through the lens.
Pero la montaña no está sola; está profundamente viva. Durante mi recorrido, la paciencia fotográfica tuvo su recompensa al encontrarme con algunos de los pequeños habitantes del lugar. Lograr capturar la chispa de la vida silvestre en su entorno natural, justo en el momento exacto, le da un sentido único a la jornada. Son esos instantes fortuitos los que llenan de dinamismo una fotografía de paisaje.
But the mountain is not alone; it is deeply alive. During my walk, photographic patience had its reward when I encountered some of the local small inhabitants. Managing to capture the spark of wildlife in its natural environment, right at the exact moment, gives a unique meaning to the day. It is those fortuitous moments that fill a landscape photograph with dynamism.

(All images are my own.)