Nos amamos a escondidas,
como si amar fuera un delito,
como si el mundo entero
tuviera derecho a prohibirnos
lo único que nos sostiene.
Ocultos siempre, escondiendo la piel, borrando las huellas,
aprendiendo a despedirnos
antes incluso de empezar.
Y duele.
Duele mirarte y no poder gritarlo, duele tenerte y tener que soltarte, duele querer quedarme cuando el reloj nos echa con la misma prisa
con la que nos negamos a irnos.
Nuestro amor es indeciso:
unas veces se cuela en mis sueños, otras se esconde en tus silencios.
Pero siempre, siempre,
termina doliendo.
Arde, ay, cómo arde.
Pero no como el fuego bonito,
sino como la herida que no cierra, como la brasa que sigue viva debajo de la ceniza,
quemando despacio,
sin hacer ruido.
Y agobia.
Agobia guardar tu nombre
como un secreto a voces,
agobia sonreír delante de otros
mientras por dentro me desangro, agobia quererte tanto y tener que quererte a escondidas.
Porque al final del día,
cuando todos se han ido,
solo quedamos tú y yo
con la distancia y las ganas
y el nudo en la garganta
de saber que esto
no tiene final feliz.
Y aun así, aquí sigo, amándote en silencio, llorándote en secreto, muriéndome un poquito cada vez que te vas.