Estoy aterrorizado. En un principio, asumí que el ruido lo hacía un búho, que llegaba al techo para desde allí cazar. Pero el ruido que en medio de la madrugada ocurría en el techo, empezó a parecerme muy pesado para ser un ave nocturna.
Para colmo, el ruido que me llenaba de miedo, quedaba directamente encima de mi cama. El asunto pasó a mayores, una noche fue como si el techo se abriera, y sentí que algo descendía para posarse del lado izquierdo del colchón, —el lugar que había ocupado mi novia durante un año, hasta que el COVID me la quitó—.
El frío invadió la habitación, escuché una respiración pausada detrás de mí, la sensación de estar siendo observado por algo o alguien que no era humano era amenazante, me paralizaba de pánico. Entreabrí mis ojos, que enseguida cerré al ver su sombra proyectada contra la pared. Se parecía a ella. Y era ella.
Cada noche, en la madrugada durante ya casi un año, ella llega entre las 2:30 y 3:00 de la madrugada. Se para del lado izquierdo de la cama y me observa con un aterrador silencio.
Creo que me volví loco, le compartí a un amigo. Ármate de valor, habla con ella, dile lo que sientes, dile cuanto la extrañas, y cuanto lamentas que no llegasen a consumar su amor, a causa de la enfermedad. —Me dijo—.
Y en ese primer aniversario de su llegada, al techo de la casa, ella llegó con puntualidad. Yo paralizado y temblando de puro miedo, me decidí a conversar, y pronuncié su nombre.
Ella volteó, y se arrojó violentamente sobre mí, no emitió palabra alguna, solo gemidos de rabia y dolor, que yo no entendía. Me tomó en un ardiente abrazo que quemaba mi piel, y me quitaba la vida. Esa noche conocí las desventuras de un alma en pena.
Cada madrugada ella llega, y se abalanza sobre mi para consumar amores que nunca se dieron durante nuestro noviazgo. Llevándose una parte de mi cada vez que se retira, —consumiéndome la vida—. Cuánto anhelo que vuelva.
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