Mi fetiche no son unos pies limpios, ni un salón lleno de gente desnuda dispuesta a darme placer, tampoco lo son unos ojos grises o un látigo en la mano. Es tu mirada castaña y tu sonrisa que se oculta cuando bajas al monte y te introduces en venus. Es tu mano que se aprieta en mi muslo y acelera mi circulación, mi fetiche no es clásico, mi fetiche tiene nombre, apellido y un par de marcas en el alma que inmortalizó también en su piel