¿De verdad crees en eso? Pregunta uno de los muchachos; hay desdén en su expresión, cierto aire de superioridad acompaña sus palabras. El otro le responde, sí, claro, todos creemos en eso, ¿tú, no…?
Los muchachos están hablando sobre una noticia que ha llenado de júbilo a la comunidad católica de Venezuela, el anuncio por parte del Vaticano de la Beatificación del Doctor, José Gregorio Hernández, “el médico de los pobres”.
Conversaciones parecidas se han repetido en la historia reciente de la humanidad Occidental, por lo menos en los últimos doscientos años. El tema de las creencias y la fe es uno de los que más inquieta la mentalidad del hombre moderno, el debate sobre la posibilidad de pensar en alguna idea de trascendencia no cesa.
Una metáfora pronunciada a finales del siglo XIX, en 1885, por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, en su obra Así habló Zaratustra, recoge muy bien el espíritu del tema planteado por los muchachos: “Dios ha muerto”. Con ella Nietzsche nos alerta sobre la condición de un hombre que ha quedado en soledad, como consecuencia de haber perdido la posibilidad de pensar en algo más grande que él.
Para los antiguos el pensamiento de la trascendencia no planteaba ningún problema, se convivía tranquilamente con el misterio. Se aceptaba con humildad que había un más allá y que el ser humano estaba supeditado a un ser superior, capaz de realizar una obra de dimensiones descomunales, a la que el hombre nunca se acercaría: el milagro de la creación. El hombre vivía apegado a sus creencias, eso contribuía a fortalecer en él la idea del límite y de algo muy importante, que no tenía la facultad de controlarlo todo.
Pero el hombre emprendió el reto de demostrar que no necesitaba apoyarse en ninguna instancia superior a él, paso a paso ha ido creando las condiciones para reafirmar su autonomía en el contexto universal. Cada avance en el conocimiento le ha permitido fortalecer la idea qué es capaz de descubrirlo todo, así hemos llegado a viajar más allá de las fronteras terrestres, con la intención de llegar hasta donde están las estrellas. En ese camino el hombre se ha ido despojando de su relación con la divinidad y ha preferido seguir solo.
Nuestra actualidad mundial se ha configurado de acuerdo con esa idea de autonomía. Una buena parte de los seres humanos de nuestro tiempo están convencidos que solo bastan las herramientas de nuestra razón, para encontrar las fórmulas materiales y morales con las que podamos vivir civilizadamente, según ellos no es necesario mirar hacia los cielos para encontrar respuestas. En ese pensamiento predomina cierto aire de superioridad, y desde allí se ve con desdén a los que señalan que ese puede ser un camino equivocado.
Nuestro mundo es exitoso en muchos aspectos, sobre todo en lo que tienen que ver con los avances tecnológicos, es palpable en ese campo la presencia de grandes realizaciones. Sin embargo, para nuestro tiempo ha sido muy difícil crear consensos para establecer si tenemos algún límite, no hemos podido decidir hasta dónde nos metemos. Sin límites el hombre ha tomado el lugar de Dios. ¿Tendrá eso un final feliz…?
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