Happy Saturday to all my friends at @Holos-Lotus
This digital refuge that welcomes us like a home proves that even in virtuality, warm bonds are woven, and here I am from this beautiful sofa to tell you about it.
Not everything is easy in this space; sometimes, the waters get rough, and this time, @charjaim throws out bait in the form of reflections, inviting us to remember some bitter sips.
I’ve had my fair share, but thanks to my forgetfulness, they don’t linger for long. Others settle into that fiber that marks entire eras. My bitter sips have been accompanied by a lot of fear—or rather, terror.
Back in university, during the Special Period that felt endless, the lack of transportation hurt us more than hunger. The absence of food ached in our flesh, and with a glass of sugar water, we numbed it, but the longing to return home had no consolation. The solution was hitchhiking. The highway at midday on a Friday was our usual setting.
That day, like many others, I was with my friend Liud. A cargo truck heading to Havana stopped in front of us, driven by a large, cheerful man. We settled in, me next to the driver and Liud beside me. I know nothing about driving, but since the space was tight for three, his hand brushed my thigh with every gear shift.
Two hours later, we were in the town of Jiguaní. The driver turned right and entered a desolate area. It looked like cattle country. He mentioned he had to retrieve a package to deliver in Havana. Kilometers and more kilometers passed under growing nervousness. He was forced to stop to listen to what some farmers were telling him. We widened our eyes as if saying help.
There were witnesses now; whether that was the case or not, he decided to turn back, and perhaps due to his frustrated attempts, he left us on the side of the road. It was enough for me to swear I’d never do it again, much less expose another defenseless person like my friend. Was he going to assault us, or was it just fear? It was better not to find out.
Fear plays tricks on us—it’s a shadow that follows us from birth. An emotion that, though it paralyzes us, also defines us. Of course, a fleeting scare isn’t the same as the deep terror that takes root in the soul and freezes you.
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Eight years ago, I learned to distinguish the feeling of terror. Maybe it was just a scare or fear. After an evening with my friends where time melted away in laughter and confessions, I decided to walk home, as I often did during the day, never imagining that the same familiar path would transform under the cloak of night.
It felt like the city had shed its skin. The area around the Fuente de Las Antillas, the centuries-old ceiba tree, the winding river, the Fair, and the bridges are places of almost magical beauty under the sunlight. But when the sun sets, that same beauty turns into a wolf’s mouth, a space where shadows take on a life of their own.
That night, fear took hold of me. It wasn’t an abstract dread but a tangible presence, invisible to others yet overwhelming to my senses. The air turned icy, as if a frozen body brushed past me. Moving forward meant stepping into the unknown, but stopping meant surrendering to panic.
Thirty meters away, the light of a motorcycle illuminated a familiar silhouette. "Juanca!" I shouted, and the sound of my own voice brought me back to the present. Knowing I wasn’t alone was an instant relief, but also a paradox: I had to decide whether to turn back with him, ask him to escort me, or keep going alone.
In that moment, I understood the difference between fear, fright, and terror.
Fright is its briefest form—a sudden jolt that vanishes as quickly as it comes. But terror is something deeper, the certainty that something is watching from the shadows, the feeling that the world is no longer safe.
That night, I experienced fear—an alert, a survival mechanism warning me of danger. It was the voice that told me: Don’t go further.
That nighttime walk offered me one of the bitterest sips of my life. It left me with a lesson: help comes to those in greatest need. Perhaps facing fear is the only way to keep moving forward, even when the path seems paved with stones.
Happy Anniversary @Holos-Lotus
Thanks for visiting my blog. I’m an art critic, social researcher, and lover of cooking. I invite you to learn more about me, my country, and my writing. Text and photos are my own.
Español
Miedos que marcan epocas
Feliz sábado para todos mis amigos de @Holos-Lotus
Este refugio digital que nos acoge como un hogar, demuestra que, incluso en la virtualidad, se tejen lazos cálidos y aqui estoy desde este hermoso sofá para contarles que no todo es fácil en este espacio; a veces, las aguas se agitan y esta vez @charjaim nos lanza carnadas, invitándonos a a recordar algún trago amargo.
He bebido unos cuantos, pero gracias a mi desmemoria, no quedan en mi por mucho tiempo. Otros recalan en esa fibra que marcan épocas. Mis tragos amargos han estado acompañados de mucho miedo, mas bien de terror.
Estando en la universidad, tiempo de Período Especial que se hizo eterno; la carencia del transporte nos dolía más que el hambre. La falta de alimentos nos dolia en la carne y esa con un vaso de agua de azúcar la adormeciamos, pero la nostalgia de regresar a casa no tenia consuelo alguno. La solución era hacer botella. La autopista un viernes a medio día, era nuestro escenerario habitual.
Ese dia, uno de tantos iba acompañada por mi amiga Liud. Paró frente a nosotros una rastra de carga con destino a La Habana conducida por un hombre corpulento y graciento. Nos acomodamos las dos, yo al lado del conductor y Liud a mi lado. Yo no se nada de conducción pero dado que el espacio era pequeño para tres, su mano rozaba mi muslo en cada cambio de velocidad.
A las doss horas ya estabamos en el poblado de Jiguaní. El chofer giró a la derecha y se adentró en una zona desolada. Parecía zona ganadera. Comentó que debía recuperar algún paquete que debía entregar en La Habana. Kilometros y más kilometros bajo un visible nerviosismo. Se vio obligado a parar para escuchar lo que unos campesinos le decían. Nosotras abrimos los ojos como diciendo ayuda.
Ya había testigos; fuese o no el caso, èl decidió regresar y quizas por los intentos frustrados, nos dejó a orillas de la carretera. Fue suficiente para yo jurarme que nunca lo volvería a hacer y mucho menos exponer a otra persona indefensa como mi amiga. ¿Nos iba a violar o fue solo miedo?. Fue mejor no comprobarlo.
El miedo nos juega malas pasadas, es una sombra que nos sigue desde que nacemos. Una emoción que, aunque nos paraliza, también nos define. Claro, no es lo mismo un susto pasajero que el terror profundo que se arraiga en el alma y te paraliza.
Hace ocho años, aprendí a distinguir el sentimiento de terror. Después de una velada con mis amigas en las que el tiempo se diluyó entre risas y confidencias, decidí regresar a casa caminando, como solía hacerlo de día, sin imaginar que el mismo trayecto conocido se transformaría bajo el manto de la noche.
Parecía que la ciudad había cambiado de piel. La zona de la fuente de Las Antillas, la ceiba centenaria, el río que serpentea y la Feria, los puentes son lugares de una belleza casi mágica bajo la luz del sol. Pero cuando el sol se oculta, esa misma belleza se convierte en una boca de lobo, un espacio donde las sombras adquieren vida propia.
Esa noche, el miedo se apoderó de mí. No era un temor abstracto, sino una presencia tangible, invisible para los demás pero abrumadora para mis sentidos. El aire se volvió gélido, como si un cuerpo helado me rozara al pasar. Avanzar significaba adentrarme en lo desconocido, pero detenerme era entregarme al pánico.
A treinta metros, la luz de una motocicleta iluminó una silueta familiar. ¡Juanca!, grité, y el sonido de mi propia voz me devolvió al presente. Saberme acompañada fue un alivio instantáneo, pero también una paradoja: debía decidir si retroceder con él, pedirle que me escoltara o seguir adelante sola.
En ese instante, comprendí la diferencia entre el miedo, el susto y el terror.
El susto es su manifestación más breve, de desamparo, un golpe súbito que se esfuma tan rápido como llega. Pero el terror es algo más profundo, es la certeza de que algo nos observa desde las sombras, la sensación de que el mundo ya no es seguro.
Esa noche, experimenté el miedo, una alerta, un mecanismo de supervivencia que me adviertió del peligro. Fue la voz que me dijo: No sigas.
Aquella caminata nocturna me ofreció uno de los tragos más amargos de mi vida. Ello me dejó una lección, que la ayuda acude a la mayor necesidad*. Quizás, enfrentar el miedo sea el único modo de seguir avanzando, incluso cuando el camino parezca empedrado..
Feliz Aniversario @Holos-Lotus
Gracias por visitar mi blog. Soy crítica de arte, investigadora social y amante de la cocina. Te invito a conocer más de mí, de mi país y de mis letras. Texto y fotos de mi propiedad