Deseo de venganza

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Roberto soñaba todos los días, era una costumbre adquirida con el transcurrir de los años luego que terminó la escuela secundaria. Como a muchos otros les ocurre, tarde comprendió que esa etapa de la vida que todo joven odia y espera que termine, fue la más hermosa y distendida de su existencia.



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Soñar como entendemos todos no era específicamente lo que Roberto entendía como significado de ese verbo. Por supuesto que aquí hay grandes confusiones porque en general confundimos sueño con ensoñación, pero no deseo entrar en esos detalles que solo aportan confusión y no conducen a nada.

Roberto soñaba despierto, eso es lo único que importa en estos momentos y para este relato, aunque utilizando un término futbolero, diremos que a esto se le llama ensoñación. solo "para embarrar la cancha".

El sueño normal cuando se está dormido y donde las imágenes e ideas se confunden generalmente en una simbología confusa y distinta a la realidad, no era algo que le gustara; allí no podía conducir sus expectativas, alegrías, esperanzas y odios.

Prefería soñar despierto e imaginar, por ejemplo diversas formas de vengarse de gente que no le gustaba; frecuentemente imaginaba historias donde era el héroe o el enamorado al que la bella (siempre bella) señorita caía rendida ante sus encantos. Canalizaba sus deseos a través de la ensoñación e imaginar despierto diversas formas de ser feliz.

Una de las cosas que más lo atraían era hacer desaparecer (por cualquier medio aunque fuera ilegal) a aquellas personas que le hacían daño, a él o a la gente que le importaba. Lo problemático del asunto era que le importaba demasiada gente, una enorme cantidad de personas que imaginaba sufriendo o pasando necesidades. Su espíritu bondadoso le jugaba en contra y permanentemente necesitaba soñar que con sus actos (casi siempre cuestionables) hacía el bien a todos ellos.

No sé si llamarlo deseo de venganza, para Roberto era deseo de justicia lo cual es abiertamente distinto a la primera aseveración.

Uno de sus sueños recurrentes era el de poseer la habilidad de ser invisible a voluntad, ingresar en recintos custodiados y llevarse para que nunca más vuelvan a aparecer políticos dañinos o corruptos. Imaginaba las repercusiones de tales desapariciones y si podía realizar su acto con varios en forma seguida, estaba seguro que su mensaje para que paren de robar o pagar las consecuencias llegaría claramente a esa gente indeseable.

Su imaginación vagaba libremente por ese mundo de justicia a medida, libraba una batalla solitaria y siempre ganaba, la gente obtenía el premio que consistía en libertad y realización en diferentes aspectos.

Una vez imaginó un mundo más justo donde los malos no tenían cabida y solo la gente decente caminaba y vivía sobre la faz de la tierra, ni siquiera él se creyó ese sueño y rápidamente lo abandonó para no volver a pensar nunca más en eso tan ridículo.

El amor y la mujer de sus sueños siempre estaba presente aunque jamás pudo pensar en un final feliz, no porque no lo deseara sino porque el presente era demasiado bueno para dejarlo e imaginar el futuro. Justamente eso era uno de sus puntos débiles, le costaba soñar con el futuro y la realización de sus sueños, era como si su subconsciente supiera siempre que los sueños son solo eso y que no se puede construir un futuro sobre bases tan endebles.

Lo que Roberto jamás supo hasta que fue demasiado tarde, en el mundo del año 2058 todo, absolutamente todo estaba controlado y los soñadores no estaban bien vistos, menos aún aquellos que albergaban ocultos deseos de venganza y revancha.

El 18 de agosto de ese año, Roberto fue detenido y encarcelado, lo soltaron a las pocas horas luego de aplicarle una sesión de reconfiguración cerebral inducida. A partir de ese momento fue incapaz de soñar, despierto o dormido. Sin embargo las autoridades fueron magnánimas, jamás se enteró que ya no podía soñar.

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Héctor Gugliermo

hosgug@hosgug

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