¿y si aprendimos
el abrazo
de los insectos?
Entonces puede que esos ojos grandes sean el recuerdo inscrito de un antepasado más complejo, diferente. Puede que espante a más de uno, sin embargo, la herencia, los ojos grandes, nos delatan a un punto en que es inevitable esconder el pasado.
No es extraño decirlo, por dicha razón la historia tiene más de un sepulturero. Tanto los que lo han declarado abiertamente como los que no. Creo que los segundos son los que más empecinadamente han cavado la tumba de la historia. Puede que esta sea, también, un objeto perdido.
Todo pasado agrede, vulnera. Puede que no nos guste recordar quiénes éramos porque nos sitúa en algo que creíamos haber superado.
Lo histórico se comporta como toda invención Occidental: un objeto maleable, transformable y peor aún -no es que lo primero sea malo, tomemos lo malo para su interpretación- distorsionable porque es un objeto más en el desván eurocéntrico, de modo que sea bastante “razonable” que en su racionalidad, pueda ser un asunto descartable, sustituible.
Estamos, puede que tras la aparente digresión (como estilo), entendamos que hablamos de un poco más que de insectos, o mejor dicho: más que de ojos grandes.
Los ojos grandes son la belleza de hurgar el mundo y tener con qué recibir parte de la vastedad lingüística del universo, y si somos lo suficientemente despiertos, abrir los ojos de los poros y no prestarle mucha atención a los otros ojos, encandilados siempre, distraídos, fáciles de perder en el mar de lo que se ve y lo que no se ve, como faro descompuesto, como reloj de gato negro.
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Nos leemos mañana.