Mi infancia la viví feliz en un hogar maravilloso dirigido por un padre ejemplar y amoroso. Más allá del hogar tuve la dicha de vivir en zonas en donde abundaba familias venidas de Europa, sobre todo, de Italia, España, Portugal. Ellas habían adoptado a Venezuela como su nuevo país.
El ambiente hermoso de mi familia y el aliño de los amigos y conocidos fueron un excelente coctel para mi formación. Las familias amigas, esos europeos, eran personas muy familiares, de costumbre bellas, basadas en la unión familiar. Yo fui arropado por esos conceptos.
De mi casa, iba a la casa de mis diferentes amigos y era como si me trasladaba a otra habitación de mi hogar. Era una enorme familia. Sumado a esto, estudié la primaria y la secundaria en colegios católicos en donde abundaba descendientes de esas familias. Qué maravilloso entorno.
Todo eso me arropó hasta que me gradué y casé. Al independizarme, cambié de residencia y comencé una nueva aventura. Nuevos vecinos, nuevos compañeros de trabajo, nuevos amigos. Me sentía como pez fuera del agua, pero sabía que era parte del recorrer de la vida y tenía mucho más que aprender. En esa nueva vida le puse mucho de lo que había aprendido en la casa de mis padres, en mi entorno infantil y juvenil; amor por la familia.
Paso el tiempo y mi propia familia creció y yo me preocupé por enseñarles lo que había aprendido, lo hice mi prioridad. Mi vida laboral se desarrollaba en una atmosfera muy parecida a esa que les he contado sobre mi infancia. Estaba rodeado de europeos, pero esta vez de españoles. Martínez, Hernández y Caldas, tres jefes extraordinarios que se esmeraron en mi superación, en mi capacitación y en el bienestar general de mi familia.
No parecían jefes o dueños de una empresa, sino unos amigos; familia. No fui egoísta ni mal agradecido, cada buen gesto de ellos era devuelto por mí, con lealtad, productividad y cooperación. Ellos se encargaron de hacer de la empresa otro hogar para sus trabajadores. Ese trío eran bellas personas.
Mucho tiempo después, logré trabajar con los Chezzi y los Gugliotta en ciudades diferentes de Venezuela. Familias italianas, dueñas de empresas familiares que me brindaron más de eso a lo que estaba acostumbrado. Con cualquiera de estos seres he visto que han dejado huellas en sus empleados y amigos. Huellas profundas que motivaron para trabajar. Con sus comportamientos, sus formas de ser, llegaron al corazón de cada uno de sus trabajadores, incluyéndome.
Con todo lo anterior quiero llegar a un punto para responder la interrogante de la iniciativa planteada por @talentos, ¿Qué huella esperas dejar en el mundo?
Ya con unas cuantas décadas caminadas, estoy seguro de que alguna huella he dejado. Malcriado, malhumorado, no social, peleón, vengativo, mujeriego, no he sido, jamás lo seré. O sea, esas cosas no serán mi huella. En cambio, con el amor, comprensión, colaboración, allí sí es posible que me etiqueten. Estoy seguro de que me recordaran por lo que aprendí, viví y compartí. Recibí el testigo de la vida y se lo estoy dando a mi descendencia y seguidores. Creo que lo que más se ha resaltado en mí y que muchos ya me lo han mencionado, es que soy colaborador. No me limito para ayudar, y si no tengo la solución, busco quien la tenga. No soy egoísta con lo que sé y siempre estoy dispuesto a enseñar lo aprendido.
En realidad, no me quita el sueño si dejo alguna huella porque sé que todos la dejamos de alguna forma. El propósito mío y que pienso que todo ser humano debería tener, es hacer de su vida un ratico ameno, lleno de felicidad y eso se da con la buena vibra que se exporta. El universo es ir y venir, acción y reacción. Por lo tanto, seamos buenas personas porque el amor es un camino de doble sentido.
Por cierto, he sido el instrumento del universo para que, en un futuro no tan lejano, una descendiente mía será presidente de de un país latinoamericano y esa chica marcará un antes y después en el planeta entero.
Está escrito. He dejado huella.
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Encuentro de Talentos: ¿Qué huella esperas dejar en el mundo?