Nací y todo era silencio.
Un pesado silencio.
Hasta que un día llegó la voz.
Era divertida. Me hacía divertirme.
Me contaba historias para dormir,
proyectaba imágenes en mis ojos cerrados.
Me gustaba la voz. Me agradaba escucharla.
Me daba consejos y regaños.
Por varios años fue sólo diversión
y aventuras interminables.
Años después hubo días en que la voz se desvanecía.
O tal vez era yo, que comencé a ignorarla.
Un par de veces.
Me necesitas
Ya no era lo mismo.
La voz ya no era tan agradable.
A veces en mis sueños se sentía como un grito creciendo a mi cara.
Ya no me divertía mucho.
Necesitas escucharme
Comencé a huir de ella.
Me refugiaba en el volumen alto de las canciones.
Un día la voz se aburrió de mí.
Me pidió crear más voces porque se sentía sola.
No quiero. Por favor, no quiero.
Aparecieron más como ella.
Múltiples voces.
Eran como ruido. Mucho ruido.
Ahora jugaban conmigo. No para mí.
Se volvieron en mi contra.
Les gustaba la sangre.
Les gustaba mi reflejo asustado.
Les gustaban mucho las inseguridades que creaban.
No les gustaba particularmente la comida.
Entonces crearon amigos imaginarios.
Eran creativas.
Querían destruirme,
pero sin destruirse ellas.
Me pidieron escribirlas, con lágrimas o moretones.
Me pidieron grabarlas, con navajas o gritos
que nunca llegaron a salir de mi garganta.
Querían ser inmortales.
Los escritores nunca mueren.
Cada vez se sumaban más voces.
Todo era un eco de maldad en mis oídos
y proyectado en mis ojos al cerrarse.
Estaban aniquilando a la única débil y gentil voz que quedaba.
Ya no existía paz, ni indicios de luz.
Eran más fuertes.
Les permití ser yo.