Me llamo Gabriel, creo, que por un inmenso amor de mi padre hacia Latinoamérica, de parte de mi madre quizás la tradición religiosa pero, represento una minúscula experiencia de los tantos átomos que conforman el cosmos, vivo en el planeta tierra y quizás para cuando lean esto, las pocas cosas que mis ojos hayan visto podrían haber desaparecido, borrado.
estos días, la muerte viste de uniforme o si no, es el halito sombrío que rodea las imágenes de miles de niños agonizando en un charco de vomito. el tren de la inocencia se fue hace mucho y es doloroso saberse hombre entre tanta barbarie.
Me levanto en una mañana lluviosa, en un país que no es el mio, ni mi cama, ni mi mirada ya me pertenece, ya no puedo decirles de donde soy.
Abro esta ventana con redes y toda la muerte y el miedo se me filtra por las paredes. trato de taparlo con pinturas, con fotos, con muecas, pero el pestilente hedor insiste en recordarme que no todos tienen mi suerte.
un cuervo se posa en el alambrado, me mira fijamente mientras tuerce el cuello, tiene los ojos de mi hermano.
de repente todos los ríos y todas las costas, todos los aeropuertos y las estaciones de trenes, todas las paradas del bus, todas las bocas, todos los ojos, todo entre gas lacrimógeno se desploma del techo y me cae justo en medio de mi conciencia, el ruido del teléfono interrumpe mis tribulaciones y delirios, contesto y es una mujer llorando, una bala fugitiva se llevó corriendo el alma de mi hermano, de varios.
Quisiera morir al frente de la batalla, junto a el, pero luego una gran verdad interrumpe mi lamento.
Yo que estoy aquí, en otras líneas fronterizas con mucha menos vida que aquellos, quienes ardiendo de la misma se enfrentaron al monstruo, muriendo si, ese es el precio de la eternidad