Buenas noches y dulces sueños.
El techo es una losa
que baja un milímetro cada noche
y la nevera ronca su hambre metálica,
un animal domesticado
que ya no engaña a nadie.
Las facturas crecen cual maleza de escritorio,
papeles con dientes,
y el niño ha aprendido a no preguntar
para no tropezar con el eco de un "no".
En la oficina,
el reloj es un ahorcado que da tictacs de sentencia.
Los correos llegan como moscas muertas
pegadas a la pantalla.
El orden es un mito,
y yo, una funambulista sin cuerda
que finge que el caos tiene algún sentido.
El cuerpo de la casa
cruje como madera podrida,
los ojos arden con la ceniza de las horas en vela,
y las manos,
qué van a hacer las manos
si el alma ya no tiene peso para sostenerlas.
Pero esta noche,
al borde del precipicio de mi propia piel,
voy a parar el mundo,
para oírme.
Voy a reconocer que esto no es fracaso,
es fatiga.
Que el dinero no es un dios,
solo papel que se arruga
cuando aprietas el puño.
¿Qué voy a hacer?
Quedarme quieta
en medio del derrumbe,
contar las grietas del techo
como si fueran constelaciones.
Aceptar que el orden no es posible,
pero el amor,
ese sí cabe
en la olla vacía,
en el silencio cómplice,
en la mano que aún tiembla
pero no suelta.
Y mañana,
sin fuerzas pero de pie,
aprenderé a masticar la derrota
y a escupirla al suelo,
con rabia y con ternura,
una semilla.
Ya mi grito viaja.
Y ahora, en el hueco que dejó,
solo cabe el siguiente paso.
Aunque sea hacia atrás,
aunque sea a tientas,
pero un paso.
Texto inédito perteneciente a un cuaderno aún sin título de @camelia28