Publicado en Español, Inglés y Portugués.
La Carta
Julián no era un hombre de acciones impulsivas. Era un contable meticuloso, un hombre de rutinas tan sólidas como las paredes de su pequeña casa en las afueras del pueblo. Pero la granja de al lado, la de los Gutiérrez, se había convertido en una astilla clavada en su mente. No era el ruido, ni el olor, que era penetrante pero soportable. Era el comportamiento de las gallinas.
Las observaba desde la ventana de su estudio, con los binoculares que usaba para avistar aves. No picoteaban el suelo con la indiferencia de siempre. Formaban círculos perfectos. A veces, una de ellas se separaba y caminaba en línea recta hacia la valla, se detenía, y luego volvía, como si recibiera una orden silenciosa. Otras veces, al anochecer, todas miraban al mismo punto en el cielo, inmóviles durante minutos que a Julián se le antojaban eternos. No sabía qué significaba, solo sabía que estaba mal. Profundamente mal.
Una noche, tras una semana de insomnio, se sentó y escribió una carta. No a la policía, ni al dueño de la granja. La dirigió a la "Sociedad Protectora de Animales de la Región". Describió lo que veía con la precisión de un contable: los círculos, las miradas, la sincronía antinatural. No habló de brujería ni de aliens. Habló de una "anomalía conductual preocupante". La envió sin firmar, con una sensación de absurdo y, a la vez, de alivio.
Dos días después, dos furgonetas se detuvieron frente a la granja de los Gutiérrez. El logo era de la protectora de animales, pero los hombres que bajaron de los autos estaban de traje impecable y rostros pétreos. Entraron y salieron, se llevaron al administrador, un tal Sr. Herrera, un hombre corpulento y silencioso que siempre había parecido parte del paisaje. Lo esposaron sin explicaciones y lo metieron en la parte trasera de una de las furgonetas.
Los vecinos, que habían acudido atraídos por el espectáculo, se quedaron murmurando. "¿Y ahora quién se hará cargo?", preguntó una mujer. "¿Quién controlará a esas gallinas raras?". La pregunta flotó en el aire, densa y perturbadora, muchos sabían que no eran simples aves de corral, eran el enigma que todo el que se atrevió a descifrar salió mal parado.
Esa noche, Julián no pudo dormir. Se sentía responsable. Había sido él, ¿no? Había provocado aquello. Fue y se asomó a la ventana. La granja estaba a oscuras, pero juró ver muchos puntos brillantes dispuestos en pares que desde la penumbra, observaban su casa.
A la mañana siguiente, el periódico local traía una noticia escueta en la página tres: "Denuncia anónima por extraña situación en granja avícola. El informante, un vecino de la zona, ha sido reportado como desaparecido". En el café del pueblo no se hablaba de otra cosa. No decían su nombre, pero todos sabían que era él.
Julian despertó, el pánico lo envolvió. Corrió a la puerta, pero no era la misma, no encontró su jardín y su lugar, había un espacio de tierra apisonada, cercado por una alambrada oxidada. El aire olía a amoníaco y a plumas. A su alrededor, decenas de gallinas lo miraron con una fijeza inhumana. Su cuerpo se sentía extraño, más ligero, más pequeño. Miró sus manos y salto hacia atrás sedio cuenta que eran alas marrones y plumosas.
Un pánico primario, animal, se apoderó de él. Quiso gritar, sin embargo solo le salió un graznido ronco. Caminó, torpemente, hacia uno de los nidos de paja que bordeaban las paredes. Era un impulso irresistible, una necesidad biológica que anulaba toda su humanidad. Se acomodó, sintiendo la textura de la paja bajo su cuerpo emplumado. Y entonces, con un espasmo de dolor y una humillación infinita, puso su primer huevo.
El objeto cálido y perfecto rodó suavemente sobre la paja. Julián, o lo que quedaba de él, lo miró. Y en la superficie húmeda de la cáscara, vio el reflejo de un ojo redondo, negro y sin alma que lo devolvía a la mirada.
Algunos susurros, de los moradores del pueblo alegan que hace mucho tiempo que desaparecen personas. Jóvenes, viejos, curiosos. La policía nunca ha encontrado a ninguno. Las únicas pistas que a veces quedan, en la puerta de una casa vacía o en la ventana de un coche abandonado, son finos rastros de estiércol de gallina. Y a veces, si uno se acerca mucho a la granja de los Gutiérrez al atardecer, puede jurar que escucha un graznido que suena, casi, casi como un grito humano.
ENGLISH
The Letter
Julián was not a man of impulsive actions. He was a meticulous accountant, a man of routines as solid as the walls of his small house on the outskirts of town. But the neighboring farm, the Gutiérrez farm, had become a splinter lodged in his mind. It wasn't the noise, nor the smell, which was pungent but bearable. It was the behavior of the chickens.
He watched them from his study window, with the binoculars he used for birdwatching. They didn't peck the ground with their usual indifference. They formed perfect circles. Sometimes one of them would break away and walk in a straight line toward the fence, stop, and then return, as if receiving a silent order. Other times, at dusk, they all looked at the same point in the sky, motionless for minutes that felt eternal to Julián. He didn't know what it meant; he only knew it was wrong. Deeply wrong.
One night, after a week of insomnia, he sat down and wrote a letter. Not to the police, nor to the farm's owner. He addressed it to the "Regional Society for the Protection of Animals." He described what he saw with an accountant's precision: the circles, the gazes, the unnatural synchronicity. He didn't speak of witchcraft or aliens. He spoke of a "worrisome behavioral anomaly." He sent it unsigned, with a feeling of absurdity and, at the same time, relief.
Two days later, two vans stopped in front of the Gutiérrez farm. The logo was that of the animal protection society, but the men who got out of the vehicles wore impeccable suits and stony faces. They went in and out, and took away the administrator, a certain Mr. Herrera, a burly, silent man who had always seemed part of the landscape. They handcuffed him without explanation and put him in the back of one of the vans.
The neighbors, who had come drawn by the spectacle, stood murmuring. "And now who will take charge?" a woman asked. "Who will control those strange chickens?" The question floated in the air, dense and disturbing; many knew they were not simple poultry, they were the enigma that everyone who dared to decipher it ended up badly.
That night, Julián couldn't sleep. He felt responsible. It had been him, hadn't it? He had caused that. He went and looked out the window. The farm was dark, but he swore he saw many bright points arranged in pairs that, from the gloom, watched his house.
The next morning, the local newspaper carried a brief piece of news on page three: "Anonymous complaint about strange situation at poultry farm. The informant, a local neighbor, has been reported missing." In the town café, people talked of nothing else. They didn't say his name, but everyone knew it was him.
Julián woke up; panic enveloped him. He ran to the door, but it wasn't the same; he didn't find his garden and his place. There was a stretch of packed earth, enclosed by rusty wire fencing. The air smelled of ammonia and feathers. Around him, dozens of chickens looked at him with an inhuman fixedness. His body felt strange, lighter, smaller. He looked at his hands and jumped back, realizing they were brown, feathered wings.
A primal, animal panic seized him. He tried to scream; however, only a hoarse cackle came out. He walked clumsily toward one of the straw nests lining the walls. It was an irresistible impulse, a biological need that annulled all his humanity. He settled in, feeling the texture of the straw under his feathered body. And then, with a spasm of pain and infinite humiliation, he laid his first egg.
The warm, perfect object rolled gently onto the straw. Julián, or what remained of him, looked at it. And on the damp surface of the shell, he saw the reflection of a round, black, soulless eye returning his gaze.
Some whispers, from the town's inhabitants, claim that people have been disappearing for a long time. Young, old, curious. The police have never found any of them. The only clues that sometimes remain, on the door of an empty house or in the window of an abandoned car, are faint traces of chicken manure. And sometimes, if one gets very close to the Gutiérrez farm at dusk, one can swear they hear a cackle that sounds, almost, almost like a human scream.
PORTUGUÊS
A Carta
Julián não era um homem de ações impulsivas. Era um contador meticuloso, um homem de rotinas tão sólidas quanto as paredes de sua pequena casa nos arredores da cidade. Mas a fazenda vizinha, a dos Gutiérrez, havia se tornado uma lasca cravada em sua mente. Não era o barulho, nem o cheiro, que era penetrante mas suportável. Era o comportamento das galinhas.
Ele as observava da janela de seu escritório, com os binóculos que usava para observar aves. Elas não ciscavam o chão com a indiferença de sempre. Formavam círculos perfeitos. Às vezes, uma delas se separava e caminhava em linha reta até a cerca, parava, e depois voltava, como se recebesse uma ordem silenciosa. Outras vezes, ao anoitecer, todas olhavam para o mesmo ponto no céu, imóveis por minutos que a Julián pareciam eternos. Não sabia o que aquilo significava; só sabia que estava errado. Profundamente errado.
Uma noite, depois de uma semana de insônia, sentou-se e escreveu uma carta. Não para a polícia, nem para o dono da fazenda. Dirigiu-a à "Sociedade Protetora de Animais da Região". Descreveu o que via com a precisão de um contador: os círculos, os olhares, a sincronia antinatural. Não falou de bruxaria nem de alienígenas. Falou de uma "anomalia comportamental preocupante". Enviou-a sem assinatura, com uma sensação de absurdo e, ao mesmo tempo, de alívio.
Dois dias depois, duas vans pararam em frente à fazenda dos Gutiérrez. O logotipo era o da sociedade protetora de animais, mas os homens que desceram dos veículos vestiam ternos impecáveis e tinham rostos pétreos. Entraram e saíram, levaram o administrador, um tal Sr. Herrera, um homem corpulento e silencioso que sempre parecera parte da paisagem. Algemaram-no sem explicações e o colocaram na traseira de uma das vans.
Os vizinhos, que tinham acorrido atraídos pelo espetáculo, ficaram murmurando. "E agora quem vai se encarregar?", perguntou uma mulher. "Quem vai controlar essas galinhas estranhas?" A pergunta pairou no ar, densa e perturbadora; muitos sabiam que não eram simples aves de criação, eram o enigma que todo aquele que ousou decifrar acabou mal.
Naquela noite, Julián não conseguiu dormir. Sentia-se responsável. Tinha sido ele, não? Ele havia provocado aquilo. Foi e se debruçou na janela. A fazenda estava escura, mas ele jurou ver muitos pontos brilhantes dispostos em pares que, da penumbra, observavam sua casa.
Na manhã seguinte, o jornal local trazia uma notícia sucinta na página três: "Denúncia anônima por situação estranha em fazenda avícola. O informante, um vizinho da região, foi reportado como desaparecido." No café da cidade não se falava de outra coisa. Não diziam seu nome, mas todos sabiam que era ele.
Julián acordou; o pânico o envolveu. Correu até a porta, mas não era a mesma; não encontrou seu jardim e seu lugar. Havia um espaço de terra batida, cercado por uma tela enferrujada. O ar cheirava a amoníaco e a penas. Ao seu redor, dezenas de galinhas o olharam com uma fixidez inumana. Seu corpo parecia estranho, mais leve, menor. Olhou para as mãos e saltou para trás, percebendo que eram asas marrons e emplumadas.
Um pânico primário, animal, apoderou-se dele. Quis gritar, no entanto só lhe saiu um cacarejo rouco. Caminhou, desajeitadamente, até um dos ninhos de palha que bordejavam as paredes. Era um impulso irresistível, uma necessidade biológica que anulava toda a sua humanidade. Acomodou-se, sentindo a textura da palha sob seu corpo emplumado. E então, com um espasmo de dor e uma humilhação infinita, pôs seu primeiro ovo.
O objeto quente e perfeito rolou suavem.ente sobre a palha. Julián, ou o que restava dele, olhou para ele. E na superfície úmida da casca, viu o reflexo de um olho redondo, negro e sem alma que devolvia seu olhar.
Alguns sussurros, dos moradores da cidade, alegam que há muito tempo pessoas desaparecem. Jovens, velhos, curiosos. A polícia nunca encontrou nenhuma delas. As únicas pistas que às vezes ficam, na porta de uma casa vazia ou na janela de um carro abandonado, são finos vestígios de esterco de galinha. E às vezes, se alguém chega muito perto da fazenda dos Gutiérrez ao anoitecer, pode jurar que ouve um cacarejo que soa, quase, quase como um grito humano.
Cuento de @camelia28
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