“No juzgue”, ordenaba el manual. Una instrucción absurda para quien, como ella, había pagado con lágrimas cada uno de sus triunfos. Cuestionar las decisiones de otros era algo impensable; que aquel folleto se lo recordara la ofendía un poco.
Repasó el documento. El nombre del proyecto como encabezado, seguido de la visión y las tres directrices principales. Había escuchado buenas críticas sobre el evento: acoplamiento fácil, un impacto inmediato y una catarsis progresiva como garantía de un proyecto que solo cosechaba éxitos entre sus participantes. Los especialistas daban a la experiencia el visto bueno.
Así que se apuntó. «Te lo debes, Camila», dijo en voz alta, rumbo al closet. Colocó sobre la cama el vestido para la ocasión. Invirtió un par de horas en acomodarse el cabello, motivo de envidia para sus amigas, y sonrió, coqueta, a la mujer sentada del otro lado del espejo.
Le gustaba lo que veía. Que sus padres, incapaces de reconocerla, le retiraran la palabra ya le tenía sin cuidado. Mucho había llovido desde la primera vez que se mostró ante ellos. Sin embargo, asomó la duda: ¿y a él? ¿También le gustará a él?
Sus labios temblaron. Siempre lo hacían como antesala al llanto. Respiró hondo «Él no es como mis padres», dijo frente al cristal en especie de consuelo.
Volvió a repetir el pensamiento cuando entró a la instalación grisácea, sumamente impersonal a excepción de la mesa y el par de sillas ubicadas en el centro. Dos individuos acababan de servir el café. « La familiaridad es un factor clave del éxito de nuestro programa», le explicó minutos antes la asistenta de turno.
«Tienes que sentirte como en casa», añadió la mujer ¿Cuál casa? pensó ella al tomar asiento. Quizás podría llamarle así a la renta en la cual vivía, sola. Al menos esa ausencia le daba paz.
A los cinco minutos entró el chico: un niño de dieciséis años y paso cabizbajo. «Qué pálido está», pensó ante el contraste de la piel con el cabello de un tono rubio jamás vuelto a recuperar en el suyo propio, no importara cuántas decoloraciones se hiciera y esos ojos, par de esmeraldas que ahora le observaban. Ella apretó la boca; impediría a toda costa que las lágrimas le arruinaran el maquillaje.
«Hola», saludó en voz baja el chico al ocupar la otra silla. Iba a responderle cuando de pronto la segunda instrucción principal irrumpió en su mente: “No hable. Solo escuche.” Camila hizo un leve asentimiento de cabeza como respuesta
El silencio tomó lugar entre los dos. Entonces el jovencito volvió a mirarla. «Es usted muy hermosa ¿sabe?», y en sus palabras se palparon una mezcla de admiración con deseo. Ella le devolvió una sonrisa espléndida. Las ganas de llorar volvieron a invadirla.
«Vine aquí porque me dijeron que usted podría ayudarme. Sé que no puede hablar, descuide, pero al menos me gustaría conversar y que me escuchara. No siempre se tiene la suerte de hallar alguien que entienda a uno» Camila notó un leve y familiar temblor en los labios del chico. Supo que después vendría la voz rajada por la emoción. Conocía perfectamente el sentimiento.
Su joven compañero le habló sobre el infierno de contradicciones que era su vida; un mundo de ascuas internas siempre amenazando con consumirlo por entero. Contó del miedo al rechazo familiar, de la incomprensión de amigos con quienes no podía sincerarse y un latente augurio de soledad siempre en asedio.
Camila conectó con la descripción del chico: la extraña sensación de sentir dos cuerpos en uno solo, el dilema de ver el mundo bajo lentes opuestos cuyo espectro avivaba los colores a la vez que tonificaba las sombras de un mundo que no podía —o no quería—entenderla. .
Lo escuchó sin atreverse a respirar al tiempo que iba destejiendo su propia madeja de recuerdos. Padres que nunca la quisieron lo suficiente para aceptar el tedio de levantarse a diario para interpretar un papel. Amistades a las que no podía, con una risa de adolescente traviesa, confesarles su afición al maquillaje, los zapatos de tacón, los cuerpos esculturales o la purpurina sin correr el riesgo de un puñetazo o los insultos a quemarropa, disparados solo por ser distinto al resto.
« ¿Verdad que es una palabra fea esa de “marica”? », preguntó el joven. «Qué distinto todo con solo gustarme los hombres ¡pero no! Tenía que inclinarme a lo demás que ahora me asfixia y me suspende en un limbo horrible. Eso de sentirse a medias, incompleto, sin ser ni uno ni lo otro…eso es devastador. Y yo ya estoy cansado…»
El chico rompió a llorar mientras ella permanecía silenciosa. Se levantó hasta colocarse a su lado. Él sollozaba cuando alzó el rostro. Camila vio los ojos verdes, superiores a cualquier joya en el mundo y se preguntó por qué no disfrutaba más a menudo de los suyos, por qué los disimulaba con los exóticos tonos de sus lentes. «Veo que aun arrastras lo tuyo», dijo para sí.
Abrazó al chico, acariciándole el pelo de sol como antaño también fue el suyo, apagado para siempre por los tintes y extensiones.
«Todo irá bien», quiso decirle al retenerlo en sus brazos; que crecería y lograría reunir el valor para cambiar; que se convertiría en la mujer que siempre soñó ser. Sufriría heridas que hasta el día de hoy no sanan, es verdad; con todo, habría siempre cenizas sobre las cuales levantarse y alzar el vuelo. Esto y más quiso contar en el abrazo clarividente de quien quema sus barcos.
«Usted me ha inspirado. Siento de alguna forma que me conoce, no sé, tal vez soy yo que siempre peco de ser alguien emocional. ¡Es que me ha hecho tanto bien hablarlo!» Camila lanzó una sonrisa de empatía. «La haré, a partir de hoy, mi ideal», añadió el muchacho al secarse la cara. «Es imposible que nos volvamos a ver, lo sé. Igual le dejaré mi nombre. No me olvide nunca, por favor.»
Ahora, de vuelta a su casa —eligió llamarla así—, Camila difumina el maquillaje que le devuelve el espejo. Al lado del tocador sigue el folleto del programa. Repite para sí el título escrito en él como si de un hechizo se tratara: CronoSoma. «La ciencia ha triunfado», sentencia con la imagen en mente del breve encuentro de horas antes.
«Qué bella forma de usar el futuro» piensa y por primera vez el pasado, siempre en su contra, le parece un amigo.
Lee la última de las tres instrucciones mientras se quita la última extensión de pelo: “No sugiera nada” La asistenta se había equivocado: la familiaridad de la atmósfera no era lo que convertía en un éxito a los encuentros espacio-temporales organizados por CronoSoma, sino la certeza del camino ya recorrido; el impacto imperecedero en sus participantes, reconciliados de golpe con un destino cuyas fisuras no les eran ajenas.
Aquel chico debía de aprender por sí mismo a sanar las suyas. De otro modo ¿cómo llegaría a donde estaba ella?
Qué hermoso y desagradable a la vez es comenzar un libro por su última página, dice a la persona del otro lado del espejo. Sonríe, orgullosa de ver esos ojos compartidos junto a Camilo, el adolescente que ya no volvería, pero al cual no olvida.