El Sol doraba mis escamas de anciano y me preguntaba:
—Después de tanto, ¿qué nos hace humanos?, ¿cómo velamos en demasía por nuestros intereses sin advertir que esto luego jugará en nuestra contra? ¿cuándo dejaremos de lado la comodidad del egoísmo?
La brisa movió los tres hilos de cabello que aún tenía en la cabeza y me sentí listo para empezar a bucear. Como siempre, el agua era más transparente que nuestras intenciones y el arrecife de coral, más colorido que cualquiera de nuestros fuegos artificiales.
De vez en cuando salía a la superficie y nadaba en estilo pecho. Me gustaba pensar que podía imitar a los delfines que pasaban por el lugar. ELlos eran bastante agraciados y hasta juguetones. Pues, luego de reírse de mi nado, se acercaban a mí para hacerme cosquillas, quitarme el esnórquel o simplemente echarme agua encima.
Tan pronto estaban, también se iban. Sabía que había llegado la hora de marcharse cuando los más pequeños decían: «¡Hiiii!, ¡Hiiii!, ¡Hiiii!» y se sumergían.
«Vaya paraíso»-decía siempre para mis adentros.
Este rincón de mar era como el cielo en la tierra para mí, pero mi mujer no lo veía así. Yo me tenía que escapar de la casa para llegar hasta aquí, porque ella siempre decía yo podía morir ahogado o envenenado por algún «bicho» de mar. Sin embargo, el único veneno que conocía era el de su lengua.
Era una gran mujer cuando la conocí, pero después su miedo a la soledad la corrompió y la hizo querer tenerme como prisionero. Por otro lado, mi cercanía al mar me liberaba, y me hacía querer volverla a acompañar.
Este sensacional atardecer no sólo marcaba el final del día, sino que del otoño también. Esto era fatídico, porque el frío no me dejaría volver a este pedacito de cielo por mucho tiempo. Enjaulado con mi presunta dueña estaré. Un invierno extremadamente frío.
En lo que recogía mis chancletas, caña de pescar y cesta con pequeños peces, me percaté una gran ola venía hacia la piedra donde estaba parado. Me sorprendí tanto que terminé cayéndome por eso y no por la ola. Mis cosas quedaron desparramadas y yo casi congelado, pues el agua era gélida al anochecer. Pero, en lugar de sentirme incómodo, tomé tal suceso como la Naturaleza invitándome a que me quedara.
Y así fue. Floté en el mar, despojándome de preocupaciones y empapándome de la serenidad que acompaña a lo eterno.
Mala suerte apareció la guardia costera junto a mi esposa e interrumpió mi tranquila despedida.