Venzo la agonía de verme
trasquilado,
después de correr tres granjas,
aliviado,
en el lejano campo,
descanso, pero
me recoge el Elegido.
Un hombre alegre y de brillo
sin sentido,
que me susurra:
tú que quitas el pecado
del mundo,
no te quedes callado,
y ten piedad de nosotros,
cordero, mira por mí,
por los otros
y espanta de aquí
al que hace mal,
yo le pediré a Dios
seas el animal celestial.