—Es pronto para emitir juicios, joven Wood, pero algo tengo claro: ninguna ayuda externa será tan buena como la ayuda que la humanidad pueda darse a sí misma.
—¿A qué se refiere, dr?
—Ya le digo, pero déjeme terminarme mis papitas Pringles primero. Las amo.
—Si cada vez que vengo a su laboratorio tiene un tubo destapado.
—Siempre se hablan maravillas sobre hallazgos arqueológicos humanos o no humanos. Sin embargo, pocas veces he escuchado que ensalsen el descubrimiento de la papa en América en el siglo XVI por los conquistadores.
—¿En américa? Pensaba la papa era europea.
—En absoluto. La papa nos viene de la región del altiplano entre lo que es hoy Perú y Bolivia. Creo que ese tubérculo ayudó a que la población mundial creciera sin precedentes. Caso contrario de lo que pasará con esta nueva realidad virtual.
—¿Cómo dijo?
El doctor Rogers se echó hacía atrás en su sillón inteligente, vio hacia arriba y entrelazando sus manos, me contestó:
—La realidad virtual no traerá el paraíso que muchos creen. Precisamente porque he estado trabajando por más de quince años en este proyecto, sé que no solucionará los problemas materiales y psicológicos que la humanidad arrastra consigo debido a las pandemias de décadas pasadas. La gente se entregaría tanto a esa realidad virtual, que se olvidaría de sus necesidades básicas como especie, incluyendo su reproducción.
—Si la realidad virtual es un engaño, entonces ¿por qué ha trabajado tan duro en ella, dr?
—Para engañar a los financiadores.
—¡¿Qué?! ¿acaso está bromeando conmigo? Sé que soy joven, pero no me venga con juegos.
—Tu padre y yo éramos grandes amigos. Antes de que falleciera, le prometí no rompería nuestra promesa de usar la ciencia para el bien común.
Se me vino un recuerdo fugaz de mi padre en sus últimos días con ese comentario. Era verdad: si mi padre amaba algo más que la ciencia misma, eso era ponerla al servicio de todos.
Luego retorné al contexto de la conversación y pregunté:
—Sé que es usted muy audaz, doctor, pero, ¿cómo es que pretende engañar a la gente poderosa que lo monitorea todo el tiempo, cada movimiento, cada palabra?
—Tienes razón, no es posible. No es posible hacerlo,a menos de que uno fabrique esa tecnología que ellos usan.
Ante mi expresión de sorpresa, el doctor Rogers soltó una pequeña risa y continuó:
—Yo sólo dejo que vean lo que hago cuando vienen directamente a verme. De resto, sólo espían a un Dr. Rogers virtual.
—Usted sí que está tres pasos adelante, Dr. Me trae paz usted no esté a favor de esos engendros.
—La Realidad Virtual Absoluta ya está lista en pequeña escala desde hace años. Llegado el momento en que esté lista a gran escala también, yo conduciré a estos sujetos que quieren el mal para la humanidad a ese mundo virtual junto conmigo. Y, no habrá vuelta atrás.
—¿Está usted seguro de semejante acción?
—Tan seguro como estoy de que tú, joven Wood, no dirás nada sobre este plan.
Como lo noté muy seguro de lo que decía al Dr. Rogers, yo dije:
—Aún así, temo cada día tengamos más barreras y artificios por delante para ser quienes realmente somos: seres humanos.
Con profunda seriedad, el doctor me dijo:
—No te preocupes, el universo siempre conduce sus probabilidades adecuadamente. La ciencia debe colaborar con ellos, no interrumpir dicho proceso como antes lo hemos querido hacer. Como dije antes, la ayuda para curarse y reformarse que tanto necesita la humanidad vendrá de sí misma.
—¿De qué manera?
—La voluntad humana es la energía más poderosas. Recuérdalo.
Pasados unos dos meses desde aquella conversación parteaguas en mi vida, veo en las noticias como el mundo enloquece una mañana. La razón de tanto alboroto proviene de la desaparición de los «líderes» mundiales. Los noticieros aluden a una gran falla en la tecnología de realidad absoluta que hizo que no se les pudiera ver más a ellos ni a su desarrollador, el doctor Rogers. Suponen quedaron atrapados para siempre en aquella realidad.
Pero yo sabía no se trataba de una gran falla, sino que su plan había salido como él me contó.