Ese día él había decidido terminar con su vida, esa que según sus experiencias, le había dado la espalda más de una vez. Intentó echarle la culpa a todos los que conocía para justificar lo que estaba a punto de hacer. Ver la mitad del vaso vacío es moneda corriente a la hora de enfrentar los problemas.
Se despidió de su compañera, que se asustó al ver su mirada y la manera con la abrazó. Le pidió por favor ir con él pero se negó en más de una oportunidad. Cerró la puerta y se dirigió hacia su óbito.
Llegó a su casa, sus gatas lo estaban esperando para agasajarlo como siempre lo hacen cada vez que entra por la puerta principal. Les dio una suculenta ración de comida y agua, y les dejó la ventana abierta de la cocina. Después de acariciarlas por un buen rato tirado en el suelo, apagó su celular y se propuso a terminar lo que había pensado cuando se despertó.
Tomó un cuaderno y le escribió una carta a las personas que él más quería. La recurrencia de la palabra “perdón” no parecía suficiente para pedir disculpas. Las dejó encima de la mesa tapadas con una lata llena de monedas para que las gatas no las desperdigaran por el suelo.
El salitre inundó su boca, el acero inoxidable después de unos cuantos segundos no se sentía tan frío como el sudor que no dejaba de correr por su cuerpo. La respiración comenzó a acelerarse junto a su pulso; podía sentir la adrenalina. Tomó una bocanada de aliento, presionó su muñeca con la hoja del cuchillo, la película de su vida pasó por su mente en menos de un segundo, cerró los ojos, gritó con todas sus fuerzas y... se sintió el estruendo del acero chocando con el suelo.
Luego el silencio lo aturdió, se dio cuenta que su dolor no iba a terminar de esa manera, sino que lo iba a trasladar a cada una de las personas a las cuales le había escrito las cartas, ninguna palabra iba a eliminar el sentimiento. Pensó en todo lo que pasaría después y de ninguna manera podía correr con esa responsabilidad.
Permaneciendo vivos tenemos la oportunidad de pelear una nueva batalla.