Entrada al Concurso de relatos de Literatos | El Emigrante y el Inmigrante
¿Cuándo dejamos de ser el primero y nos convertimos en el segundo?
Posiblemente, no tengo una respuesta concreta, hoy se emplea más frecuentemente la palabra migrante, sin entrar en considerar la perspectiva. Emigrante el que sale de su lugar de origen e inmigrante el que llega a un nuevo lugar de residencia. Ósea que somos el uno y el otro al mismo tiempo y solo diferenciado por quien nos observa.
Cuando nos observamos a nosotros mismos, podemos vernos en ambas posiciones simultáneamente, pero cómo nos definiríamos.
A mi entender, la respuesta depende de nuestra intención.
¿Nos vamos a quedar permanentemente o planeamos o soñamos con volver?
Sin importar cuánto tiempo hace que migraste, la inquietud permanece. Cuando no te la planteas tú mismo, alguien más te lo planteara.
¿Te vas a quedar, quieres volver? Preguntas que seguramente responderás afirmativamente, aunque signifique una contradicción.
No se trata del querer, sino del poder. Las circunstancias se imponen, como dicen, la realidad es testaruda.
A veces volver es imposible, no hay recursos, no hay un dónde o un quién.
Parto del principio de que el que migra, lo hace por necesidad, o en busca de mejores condiciones. Y aunque puede suceder que se encuentre con lo mejor, también puede suceder lo contrario, o que determinadas mejoras no las considere suficientemente satisfactorias en compensación de lo que dejó.
Apreciaciones subjetivas de cada ser humano, distintas para cada uno, inclusive dentro de un mismo grupo familiar.
No todos valoramos las cosas materiales e intangibles en la misma medida. La familia, los amigos, las relaciones, la cultura, el clima, infinitos temas que percibimos con sutiles diferencias.
No quiero entrar en detalles acerca de mi experiencia personal como migrante, pero les comparto que migré por primera vez a los 12 años, junto con mis hermanos y padres; a esa edad, los preparativos son una especie de aventura, luego viene la realidad y la adaptación al nuevo entorno, que cada uno manejó de diferente manera.
Hoy con 66 años he repetido la aventura. No la había planeado, ni siquiera cuando ya millones de compatriotas habían tomado el camino de la migración.
Nunca volví a mi país de origen, consciente de que mis recuerdos, eran solo eso, recuerdos. Las personas y los lugares ya no existen, todo cambió, incluso quienes siguen con vida, son extraños, sin importar nuestro parentesco. Ni siquiera los contactos por videollamadas los hacen reales.
Nos separamos siendo niños y ahora somos ancianos o algo muy parecido.
Como la primera vez, volví a migrar buscando una mejor calidad de vida, antes por decisión paterna y ahora por estar cerca de los hijos. Las relaciones familiares resultaron el factor decisivo a la hora de tomar la decisión, pero no es el caso para todos. Muchos migrantes eligen su destino basándose en apreciaciones puramente económicas, estando dispuestos a enfrentar profundas diferencias culturales.
El idioma suele ser la primera, y hasta donde he podido apreciar, es determinante en la forma de percibir el mundo.
Una ventaja invaluable en mi consideración, pues al permanecer en países con similar cultura y el mismo idioma se conserva un estatus de ciudadano de igualdad con los nativos, mientras que otros con diferente cultura ven al migrante como alguien inferior o casi un delincuente.
Realidad discriminatoria con un costo demasiado alto.
Quizás sea interesante leer los comentarios que generó este video.
Tampoco son nada despreciables los de este, por más años que tenga. La migración no es un fenómeno nuevo, aunque hoy tenga una relevancia y connotación distinta como consecuencia de la manipulación por parte de grupos de poder para influir en las políticas de los países, tema interminable, por lo que dejaré mis reflexiones hasta aquí.
Nada de lo anterior es palabra inmutable con la que estar de acuerdo o en desacuerdo, yo mismo puedo cambiar de parecer en el futuro.
La necesidad, igual que el deseo de libertad, es capaz de mover a los individuos a enfrentar arriesgados caminos.
En la actualidad, miles de venezolanos tomaron las carreteras de los Andes y otras rutas, en muchas ocasiones a pie por falta de recursos económicos para pagar un pasaje. Una proeza superior a la de los libertadores, que contaban con cabalgaduras, comparable al viaje de algunos canarios españoles, que en tiempos de la guerra civil española se embarcaron en pequeños barcos de vela y atravesaron el Atlántico sin más recursos que el viento y la voluntad.
En Caracas conocí a uno de estos arriesgados viajeros que llegó al puerto de La Guaira. En Carúpano conocí a dos, que llegaron a aquel puerto y se establecieron allí por el resto de sus vidas.