Hasta que los algoritmos nos separen (Parte 2/3)

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Caminábamos en silencio como dos desconocidos que ansían saberlo todo el uno del otro, sumergiéndonos bajo el océano de terabytes que, a lo largo de nuestras vidas, habíamos hecho desembocar bajo la red. A veces, ella apretaba mi mano con firmeza y yo la observaba para rendir culto a la sonrisa que me dedicaba. Cada vez que esto ocurría, me planteaba que estaba junto a la prueba que siempre había buscado, la prueba de que los algoritmos no son infalibles. Una sonrisa suya era suficiente para hacer tambalear todo el conocimiento que, tras cientos de miles de años de evolución humana, se encontraba sintetizado en una estructura superinteligente que continuaba expandiéndose y aspiraba a gobernar cada uno de nuestros pasos. ¿Acaso esa sonrisa simbolizaba la fórmula maldita temida por todos los matemáticos desde tiempos de Gödel? Jamás podría demostrarlo, porque, a pesar de nuestra incompatibilidad, estábamos juntos.

-¿Ves esa estrella de ahí? -pregunté, señalando un cuerpo celeste sobre el horizonte de la calle.

-No es una estrella, es Ceres. Orbita alrededor del parque siguiendo una aproximación a escala del recorrido que Gauss calculó.

-¡Qué difícil es ser romántico en la era de la información!

Cuando llegamos al parque, ya había empezado a llover. Las plantas que lo poblaban estaban modificadas genéticamente, para necesitar sólo dos riegos al año. La lluvia era una especie de niebla gruesa demasiado pesada como para mantenerse flotando permanentemente en el aire. Había bastante gente disfrutando de aquel espectáculo, respirando la humedad, sintiendo el frescor en sus pieles y recogiendo, con instrumentos de lo más ingeniosos, algunos centilitros que llevarían consigo para consumir y reciclar innumerables veces. En nuestro tiempo, tenemos más riquezas que cualquier rey, cualquier emperador o cualquier hombre rico de cualquier otra época de la historia de la humanidad, al alcance de nuestros ojos y de manera casi instantánea, sin embargo, escasea lo más básico.

Delia y yo comenzamos a ascender por el puente de la curva normal; allí no caía agua y el cielo estaba parcialmente despejado. Bajo nosotros, un embalse repleto de grafitis servía de cobijo a algunos vagabundos, pero en la otra realidad pudimos contemplar maravillados un inmenso manantial poblado de vida: montones de peces, delfines, ballenas, focas, tiburones, hasta un barco pirata y un submarino, incluso un monstruo críptido escondido en lo más profundo que pocas personas afirmaban haber visto. Era un proyecto impresionante de software libre. Cuenta la leyenda que, si una pareja se sitúa justo en la mediana del puente y diseña una criatura para que forme parte del ecosistema, tendrá suerte y fecundidad en su relación.

Una vez que estuvimos en el punto más alto, nos descargamos una plantilla de pececito. Delia le dio un color fosforescente, unos dientes como de león y unas branquias. Yo le añadí una aleta de tiburón y una cola fuerte. Ella programó sus movimientos, le enseñó a nadar y a saltar sobre el agua. Yo le enseñé a morder y a defenderse. Cuando estuvo listo, lo liberamos; tal vez nunca volviésemos a verlo.

-¿Crees que será feliz? -me preguntó Delia.

-Lo será, está programado para serlo -contesté mirándola como embobado. Ella se quedó un rato pensativa.

-¡Mentiroso! -dijo después, riéndose.

La abracé justo antes de que una explosión iluminase el cielo por completo. A miles de kilómetros por encima de nuestras cabezas, en el espacio exterior, dos grandes grupos de robots representando a las dos superpotencias compuestas por todas las naciones del mundo, se enfrentaban entre sí por la conquista de Marte. Pronto, una de las dos potencias tendría todos los derechos para colonizar el planeta vecino y extraer de él los metales preciosos y recursos energéticos que habían sido encontrados. Mientras, la otra podría ser condenada a volver a la Edad Media.

- ¿Acaso siempre debe haber algo por lo que debamos sentir miedo?- interrogué bajando la vista y admirando nuevamente su belleza.

-¡Calla y bésame! -dijo ella, abrazándome con fuerza.

Me acerqué a sus labios rosados y los acaricié lenta y suavemente con mi lengua. Después, y sin dejar de abrazarnos, sentí la necesidad de distanciarme un poco. Nuestros ojos solo se conocían por foto, no se habían besado aún. Cogí con firmeza y delicadeza las patillas de sus gafas. Ella respiró profundamente cuando supo que en unos momentos quedaría prácticamente ciega, pero no le importaba, porque, aunque solo pudiera procesar imágenes de un mundo hostil y frío, aún podría contemplar todo aquello en lo que en ese momento quería centrar su atención.

Una luz roja y unos molestos pitidos me impidieron desnudar su mirada. Era una alarma meteorológica; la tormenta se había cargado eléctricamente y permanecer allí se había vuelto  muy peligroso. Descendimos por el otro extremo del puente y recibimos un mensaje de socorro que un niño pequeño emitía broadcast. Inserté las coordenadas que nos remitía en el GPS y fuimos en su búsqueda. Lo encontramos junto a la rayuela de los mínimos cuadrados. Estaba tirado en el suelo con la rodilla ensangrentada; se había caído presa del pánico al comenzar a huir. Delia lo cogió en brazos con delicadeza para no interrumpir el trabajo que los nanorrobots estaban efectuando sobre la herida. En la puerta de salida, nos encontramos con los padres del muchacho. Habían recibido las llamadas de socorro y se dirigían hacia nosotros. Dejamos al niño junto a ellos; ya podía caminar parcialmente y se abrazaron los tres, llorando y riendo.

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Fuente Imagen: http://porelamoralarte.blogspot.com.es/2012/03/esculturas-del-fantasma-en-el-bosque-de.html

Parte 1: https://steemit.com/spanish/@eusebio/hasta-que-los-algoritmos-nos-separen-parte-1-3
Parte 3: https://steemit.com/spanish/@eusebio/hasta-que-los-algoritmos-nos-separen-parte-3-3

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