¿Cuántas patas tiene el gato? Siete, siempre han sido siete, no entiendo porque se complican quienes creen que son solo cuatro, cuando alguien sospecha de las otras y las busca con interés. Lo sencillo es básico, no deja lugar a conjeturas, lo complicado tiene aristas interesantes, vericuetos y escondrijos que hacen la vida amena.
Nada es tan simple como se pinta, en realidad cada uno está hecho de pliegues sobre pliegues algunos más visibles que otros y en cada quien se esconde el hilo de su propia historia, en algunos casos son madejas difíciles de desenredar, en otros, son predecibles y seguros, pero en algunos, los hilos se van rompiendo a medida que se les trata de sacar y esos son los más complicados, porque no dejan entender cómo nace la novela personal.
Al fin, ¿a quién le importa como cada uno es?, podría hacerse usted la pregunta. Yo le respondería que un alto porcentaje de los problemas de comunicación obedecen al desconocimiento y la incomprensión del otro. Entender cómo es la pareja, el hijo o el amigo suaviza de algún modo las relaciones interpersonales y podríamos coincidir en que en general todos quisiéramos vivir en interacciones de cordialidad y buen trato.
Con frecuencia consigo personas que afirman y aseguran, basados en su experiencia, que “la gente es mala”, acompañan su creencia de relatos que muestran a un ser humano despiadado y cruel, cizañero, envidioso al cual no se le puede dar ningún tipo de ayuda porque pagará irremediablemente con un agravio aún mayor. De ser esto cierto, estaríamos frente a una perversidad normal a la cual deberíamos acostumbrarnos en el caso de que no lo estemos ya. Hacerlo supone desde mi punto de vista, asimilar que no tenemos salida que al final el comportamiento del hombre siempre será dañino.
Como docente me he negado a esta premisa, he creído en la persona como sujeto que aprende y puede generar comportamientos de bondad y que el niño o joven que está bajo nuestras acciones en un momento determinado puede aprender a comportarse buscando los valores y dentro de ellos la paz necesaria para una sana convivencia. Asumir a priori que ellos no van a tener un mejor futuro y que nada de lo que hagamos sirve para algo positivo daña cualquier objetivo loable que esté en las fundamentaciones filosóficas y psicológicas de los programas educativos.
Aceptar que todos tenemos la posibilidad de cambiar para mejorar nuestros comportamientos y hábitos deja una esperanza en la humanidad en general. Somos madejas con hilos quizá demasiado enredados, pero la comunicación, el amor y el interés por hacer del mundo un mejor espacio vivible, pueden establecer una gran diferencia en la formación del ser humano.