La mano que acaricia el centeno
lo mima
según el ritmo que le impone
el viento.
Entonces el cereal
se mece
dorado como una luna de agosto,
redonda y plena.
Si besa el horizonte
nace el silencio.
Son así las noches doradas
en las que mi mano y tu sonrisa nos acarician
a los dos
e inmenso es el lecho astral
en el que el amor se mece,
centeno ya maduro.