La luz se cernía, estaba ya entrada la tarde, mi cuerpo reposaba sobre el umbral de entrada de aquellos almacenes, la sangre de camaradas y enemigos mezcladas adornaban el adoquín.
El "¡Alto al fuego!", fue un grito de aliento ahogado, los jóvenes que formaban las líneas enemigas eran inexpertos, con suerte y habían disfrutado de la compañía de un par de mujeres, "son solo niños" pensé mientras veía la sangre de aquellos que posaban al final de mi cañón. La nuestra, una compañía de mercenarios contratada por adinerados gobiernos o sistemas, (todo aquel que pagara lo suficiente), nuestros escrúpulos eran escasos, o eso me dijeron cuando quise formar parte; en esta, mi tercera visita al campo de tiro, el objetivo era un pequeño pueblo donde ciertos traficantes tenían sus laboratorios, no me malinterpreten, no eramos héroes librando al país del narcotráfico, eramos simples asesinos, y a quienes matábamos, eran aquellos con la poca suerte de haber caído en las manos equivocadas desde temprana edad. Les dieron armas y mandaron a acá, a morir... Nuestro líder ya estaba dentro de las instalaciones, su grito sugería que nuestro objetivo estaba completo, y su líder estaba ya muerto. Mientras mis colegas suspiraban y gritaban entre la euforia de la victoria, mi memoria voló a aquel chaval, debía tener unos 13 años, cargaba una UZI con dificultad, le disparé y aunque no fue letal, le herí de gravedad... aquel chico estaba ahora tendido a mis pies, sus ojos verdes brillosos por las lágrimas, la vida se esfumaba entre sus últimos suspiros, le arrebate cada sueño y en el acto mas cínico de mi historia sostuve su mano, mientras apuntaba a su cráneo, no quería alargar su partida, entonces escuche aquel familiar sonido, la pólvora impulsando una bala que en breve atravesaría mi cráneo.
Imagen tomada en 1986 en un campamento guerrillero ubicado en el departamento de Usulután. Foto Giovanni Palazzo / MUPI. Fuente