Recientemente conversaba con un amigo con respecto a lo difícil que debe ser como médico trabajar en una zona de guerra, refiriéndonos muy específicamente a Ucrania, porque lo que se debe vivir en esa zona no debe ser nada bueno, debe ser muy desgarrador para el ser humano en cualquier punto de vista que se analice.
No sólo hablábamos del hecho de que las heridas que se producen en una guerra, supera por mucho lo que habitualmente se puede ver en cualquier ciudad, incluso si nos referimos a las ciudades más movidas y peligrosas del mundo, heridas por proyectiles proyectados con armas de fuego, heridas por explosiones, con arma blanca, la variedad de posibilidades de heridas y lesiones son inimaginables.
Ni hablar de la magnitud de las mismas, que particularmente cuando estaba en mi ejercicio profesional en área rural, tuve la experiencia de recibir a heridos de una prisión por explosión de una granada, debo decir que fue algo muy duro de ver, no quiero imaginar lo que significa ver esas situaciones como pan nuestro de cada día.
Y a partir de esto último, podemos deducir que hay un efecto psicológico en todos los que viven estas experiencia que literalmente es incalculable, porque una herida en una pierna puede sanar, quizás los que ameriten cirugía saldrán del problema físico, pero lo psicológico es permanente.
Es aquí uno de los mayores efectos que tiene una guerra sobre todos, no sólo en la población civil, que deben abandonar sus casas, ver personas fallecer, sino también en todos los que participan en estas guerras como soldados, como personal de salud incluso, su vida después de eso nunca vuelve a ser igual, y por mucha tranquilidad que vuelva a vivir en su casa, en su hogar, incluso en su profesión, nada vuelve a ser visto de la misma manera.