Son las 3:40 de la mañana. La pantalla número cuatro del pabellón C parpadea con una lluvia de nieve gris antes de estabilizarse. En el encuadre no hay nada fuera de lo común: la habitación aislada, la cama atornillada al suelo y la silueta de la paciente 402, hecha un ovillo bajo la manta. Me froto los ojos.
El café frío de la cantina me deja un gusto metálico en la lengua. De pronto, la manta en la pantalla se queda inmóvil. El pecho de la mujer deja de subir y bajar. Me acerco al monitor, inclinándome sobre el escritorio. La imagen sigue limpia, pero el silencio en la garita se vuelve tan pesado que escucho el zumbido de mi propia sangre en los oídos. Me llevo la mano al radio para marcar el código de revisión.
Antes de presionar el botón, noto un detalle. En el reflejo del monitor apagado que tengo justo al lado, la paciente no está acostada. Está de pie detrás de mi silla, respirándome en la nuca.
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