Estar al mando de un banco de inversión significa que aprendes a calcular el riesgo de absolutamente todo. Sé qué porcentaje de probabilidad tiene un proyecto de fracasar, qué acciones van a caer y qué clientes van a incumplir. Pero jamás calculé el riesgo de enamorarme de mi co-CEO. Mateo y yo compartimos la dirección del grupo desde hace tres años. Nos complementamos a la perfección: él es la audacia y la visión; yo soy la lógica y la contención.
Hoy logramos la adquisición más grande de nuestra historia y la oficina corporativa está en silencio tras el brindis del equipo. Estoy parado junto al ventanal mirando las luces nocturnas, sosteniendo una copa de champán que ya perdió las burbujas. Escucho los pasos de Mateo acercarse por la alfombra mullida. Se detiene a mi lado, en silencio, mirando la misma ciudad iluminada.
—Lo logramos —dice en voz baja.
—Lo logramos —asiento, dando un sorbo a la copa.
—Entonces, ¿por qué te ves tan pensativo?
Giro la cabeza para mirarlo. Mateo se ha quitado el saco y tiene las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos. Hay un brillo de vulnerabilidad en sus ojos que nunca le he visto frente a los inversores.
—Porque durante tres años me he escudado en el trabajo para no decirte lo que me pasa contigo, Mateo. Y ahora que alcanzamos la cima... me doy cuenta de que la cima no vale nada si tengo que mantener esta distancia entre los dos.
Mateo se queda inmóvil un segundo. Veo cómo traga saliva, cómo su mirada baja a mis labios y vuelve a subir a mis ojos. Suelta su copa sobre la mesa auxiliar sin quitarme la vista de encima. Da un paso al frente, reduciendo el espacio personal a cero. Su mano sube hasta mi nuca, sus dedos se enredan en mi cabello con una presión firme, decidida, y su frente se apoya contra la mía.
—Eres el único riesgo que he querido tomar en mi vida y el único que no me atrevía a calcular —murmura Mateo, con la voz quebrada por la emoción—. No vuelvas a hablar de distancia.
Cuando sus labios buscan los míos, el peso del banco, los millones en juego y el estrés de la corporación desaparecen, dejando solo la certeza absoluta de que este es el único negocio en el que quiero invertir el resto de mi vida.