Mis manos están cubiertas de harina hasta las muñecas. Es la tercera vez esta semana que me levanto a medianoche a amasar pan, tratando de apagar el insomnio con el ritmo pesado de los nudillos contra la mesada. Aplasto, doblo, estiro. El bollo es denso, suave, atrapa el calor de la cocina. Dejo descansar la masa sobre la madera. Me limpio la frente con el antebrazo y espero los diez minutos de leudado. Pero la masa no sube hacia arriba. Se expande hacia los lados, arrastrándose en silencio por la formica, buscando el borde de la mesada como un charco de aceite denso.
Acerco la cara para oler la levadura, pero el aroma es agrio, metálico. En el centro del bollo se forma un pliegue profundo. Una hendidura que se abre y se cierra con una pausa constante, rítmica. Un pulso. La masa está respirando. Intento clavarle los dedos para deshacerla, para romper el aire atrapado dentro, pero la superficie me envuelve la muñeca con una fuerza ciega y húmeda. La textura ya no es harina y agua; es firme, musculosa, y empieza a tirar de mi brazo hacia el centro.
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