Hoy es jueves, «𝐞𝐥 𝐜𝐮𝐞𝐫𝐩𝐨 𝐥𝐨 𝐬𝐚𝐛𝐞», 𝐞𝐥 𝐝𝐢́𝐚 𝐝𝐞𝐥 #𝐓𝐁𝐓. Casi se me escapa el jueves sin cumplir con el ritual del #TBT, pero el corazón tiene su propia memoria y hoy me reclamó un espacio para volver a mirar estas fotografías.
Son tantas las fotografía que se tienen ctualmente en físico o en digital. Todas llenas de historia; tantas historias, que nos cuesta mucho decidir por cual publicar. Así que la foto que publicaré hoy será sacada al azar.
Y como suele suceder cuando uno revuelve el baúl de las memorias digitales, me topé con esta imagen que me detuvo el tiempo. Es el 29 de noviembre de 2008. En la pantalla aparece Gilda, mi sobrina, con apenas tres añitos, luciendo un babero colorido y una sonrisa que parece esconder una travesura o, mejor dicho, un argumento contundente.
Al verla ahí, sentada frente a lo que parece ser una merienda de infancia, no puedo evitar reír al recordar las palabras de mi cuñada, Ana Amalia. "Esta niña salió demasiado 'salida'", decía ella entre risas y suspiros de agotamiento. Pero hoy, viéndolo a la distancia, entiendo que Gilda no era simplemente "salida"; lo que pasaba era que ella ya habitaba un mundo donde su voz tenía peso. Desde que aprendió a hilar sus primeras frases, Gilda no solo hablaba: ella exponía, ella demandaba ser escuchada, ella defendía su punto de vista con una convicción que resultaba asombrosa para su corta edad.
Recuerdo verla en el parque o en sus primeros días de preescolar. Mientras otros niños se peleaban por un juguete de forma errática, Gilda intervenía. Tenía esa chispa innata de justicia. Se convertía, sin saberlo, en la abogada de oficio de los compañeritos que no sabían cómo defenderse. Era fascinante y, a veces, hasta cómico ver a una personita de menos de un metro de altura plantarse con las manos en la cintura para explicar por qué algo "no era justo".
Ana Amalia, con ese amor de madre que quiere lo mejor y lo más seguro, insistía en que Gilda tenía madera para la medicina. "Será una doctora brillante", decía, imaginándola con un estetoscopio y una bata blanca, sanando cuerpos. Pero el destino de Gilda no estaba en los quirófanos, sino en los estrados. Porque mientras su mamá soñaba con recetas, Gilda ya estaba redactando, mentalmente, los alegatos de su vida. No buscaba curar enfermedades; buscaba enderezar entuertos, defender la verdad y darle voz a quienes la ley, a veces, olvida.
Hoy, esa niña del babero es una flamante estudiante del segundo año de Derecho. Verla ahora, inmersa en sus libros de leyes, analizando códigos y preparando sus futuras defensas, es confirmar que la esencia humana es un hilo que no se rompe. Gilda está bien encaminada porque no está intentando ser alguien nuevo; simplemente está perfeccionando a la niña que siempre fue.
Me siento profundamente orgulloso de ella. Al final, la medicina y el derecho no son tan distintos, ambos buscan salvar a las personas, solo que Gilda eligió hacerlo a través de la justicia. Qué bueno que nunca dejó de ser "salida", qué bueno que nunca bajó el volumen de su voz. El mundo necesita más abogadas que conserven la valentía y la transparencia de esa niña que, en 2008, ya sabía que tenía mucho que decir.
¡Por ti, Gilda, y por todos los juicios que vas a ganar!
Portada de la iniciativa.