Comencé mi viaje en un puesto de ramen en Tokio. Aplicando mis modales de "niño bien" de Bogotá, sorbí mis fideos en el más sepulcral de los silencios. El chef me miraba con una tristeza como si terminara de perder a su mamá, como si yo estuviera insultando a sus ancestros. Al lado, un ejecutivo japonés absorbía su sopa con el ruido de una aspiradora industrial averiada. “¿Qué le pasa a este hombre?”, pensé. Luego entendí: mi silencio era su insulto; mi discreción era su desprecio. Sorber es el aplauso del paladar.
Crucé a China al día siguiente. En la cena, para compensar mi error japonés, limpié el plato con un trozo de pan hasta que brilló. Mi anfitrión palideció. Pidió tres platos más, angustiado. Yo, por educación, me los comí todos. Él pidió más. Terminamos en un duelo gastronómico de voluntades: él pensando que yo era un pozo sin fondo muerto de hambre, y yo pensando que él quería cebarme como a un ganso para foie gras. Al final, solté un eructo involuntario por la presión gástrica. Mi anfitrión sonrió por primera vez. Había "hablado" su idioma.
Llegué al Medio Oriente sintiéndome un experto. En un mercado de Teherán, un vendedor me ofreció un té exquisito. Le levanté el pulgar en señal de "¡Buenísimo!". El hombre soltó la tetera y me miró como si le hubiera mentido a su madre. Resulta que en esas coordenadas, mi gesto de "Todo OK" era una invitación a que se fuera a hacer algo anatómicamente imposible consigo mismo (usen su imaginación).
Para arreglarlo, me senté en un sofá cercano y crucé las piernas con elegancia, relajado. Error fatal. Mi suela apuntaba directamente a su cara. En ese momento descubrí que, para medio mundo, mi zapato es una extensión del infierno. Estaba enseñándole "lo más sucio" de mi ser. Me retiré caminando hacia atrás, como un cangrejo asustado, pidiendo perdón en un idioma que ni yo mismo entendía.
Llegué a Madagascar justo para la Famadihana. Vi a una familia sacando a un abuelo de una tumba. Yo, imbuido de mi respeto occidental, puse cara de velorio y empecé a sollozar con discreción. Una tía se me acercó y me dio un trago de ron: "¿Por qué lloras? ¡Papá está de visita!".
A los diez minutos estaba cargando el fémur envuelto en seda de un señor que murió en 1985, mientras bailábamos al ritmo de una banda de metales. Allí entendí que la muerte no es un punto final, sino una pausa para cambiar de ropa. Mientras en mi tierra el cementerio es un lugar de silencio absoluto, aquí era la pista de baile más honesta del mundo. ¿Quién dijo que el más allá tiene que ser aburrido?
En las estepas de Asia Central, presencié una boda donde casi llamé a la Interpol. Una novia lloraba a moco tendido durante días. Yo quería rescatarla, hasta que me explicaron que si no lloraba, su madre pensaría que era una maleducada sin sentimientos.
Semanas después, en una boda en Carolina del Sur, vi a una pareja saltar sobre una escoba. Para un profano, parecería que se han vuelto locos o que van a jugar Quidditch. Pero no; estaban barriendo el pasado esclavista de sus ancestros, saltando hacia la libertad. Una simple herramienta de limpieza convertida en un puente sagrado. La magia de la vida: lo que para unos es aseo, para otros es redención.
Terminé mi viaje en una parada de autobús en Finlandia. La gente estaba separada por tres metros exactos entre sí. Parecía una coreografía de distanciamiento social antes de que fuera moda. Intenté pedir la hora acercándome un poco y el finlandés retrocedió con la agilidad de un ninja, como si yo tuviera una enfermedad altamente contagiosa. Su "espacio personal" era del tamaño de un campo de fútbol.
Dos días después, aterricé en Ciudad de México. En el metro, mi nariz estaba incrustada en la axila de un desconocido, mientras una señora me contaba los problemas de vesícula de su sobrino. Mi burbuja finlandesa estalló en mil pedazos. El espacio personal en Latinoamérica es un mito urbano; aquí la piel es el territorio de todos.
El planeta Tierra no es un solo mundo, sino un edificio de apartamentos con vecinos que hablan idiomas distintos y cocinan cosas que huelen raro.
Lo que en un meridiano es una virtud, en el siguiente es un pecado capital. Vivimos en una constante traducción errónea. Pero hay algo hermoso en ese caos: la capacidad de reírnos de nuestra propia ignorancia. Porque, la única forma de no ser un "marciano" es aceptar que, para el resto de la humanidad, el raro siempre eres tú.
La cultura es el par de lentes con el que decidimos ver el caos del mundo. Que lo "raro" no existe, solo existe lo "ajeno". Y que, en última instancia, todos somos el "extranjero loco" de alguien más.
Si alguna vez me ves eructando en un funeral mientras salto una escoba y te muestro la suela de mi zapato... no te asustes. Solo estoy intentando ser un ciudadano del mundo. O quizás, simplemente, me olvidé de en qué país estoy.
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Infografía propia de la Comunidad Holos&Lotus
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