Tenía tiempo queriendo escribir sobre esto. Nunca había puesto estas ideas en palabras, pero hoy decidí hacerlo.
Mi relación con la muerte ha sido, por lo menos, curiosa.
En ningún momento de mi infancia tuve a la muerte realmente cerca. Ningún familiar ni ningún amigo murió. Sin embargo, había alguien que sí convivía con ella todos los días: mi papá.
Nunca sabré si lo que él tenía era depresión o simplemente era una persona profundamente atormentada. Desde que tengo memoria me recordaba constantemente que algún día íbamos a morir. El miedo a la inexistencia ha estado presente en mi vida desde que era muy pequeño.
Recuerdo que, cuando tenía apenas cinco o seis años, entré a una habitación y vi a mi papá tendido en el suelo. Parecía desmayado. Lo llamaba, lo movía, le tocaba los brazos, pero no reaccionaba. Sentía un golpe seco en el pecho y comenzaba a temblar mientras imaginaba que realmente había muerto. Después de unos minutos él simplemente se levantaba y me preguntaba qué iba a hacer yo, siendo tan pequeño, si algún día él moría. Hoy entiendo que para él quizá era una forma de prepararme. Para mí solo era terror.
Esa ansiedad me persiguió durante toda mi infancia.
Mi papá tenía un miedo atroz a la muerte y, de su manera extraña, siempre intentó contagiarme ese mismo miedo. Si íbamos a la playa, lo primero que decía era que podía morir ahogado. Si viajaba a otra ciudad para visitar a mis tíos, mencionaba que podía morir en un accidente de carro. Si practicaba algún deporte, advertía que un mal golpe podía matarme. Para él, cualquier camino posible terminaba en la muerte.
Desde pequeño viví en un pueblo considerado zona roja. Era normal escuchar disparos una o dos veces por semana y, cada tanto, corría el rumor de que habían matado a alguien. Casi todas las semanas aparecía una nueva historia de alguien asesinado a tiros. La Venezuela de 2014 a 2016 fue, sin duda, la etapa más dura que he vivido.
Cuando llegué a lo que en Venezuela llamamos diversificado, los dos años previos a la universidad, mi cercanía con la muerte aumentó todavía más. Muchos amigos y conocidos fueron seducidos por el dinero fácil y terminaron uniéndose a los grupos delictivos que controlaban nuestros barrios. Era sorprendente lo rápido que alguien podía convertirse en malandro. En apenas un par de años presencié la muerte de muchísimos compañeros del liceo. No eran amigos cercanos, pero los veía todos los días. Conocía sus rostros.
Recuerdo especialmente a Julián.
Era un muchacho de unos catorce o quince años. En un pueblo pequeño todos terminábamos sabiendo quién era quién, aunque nunca fuéramos amigos. Lo que sí me sorprendió fue enterarme de que era dealer. No recuerdo exactamente cómo lo conocí, pero vendía mercancía de la buena.
Una noche estaba en casa de unos amigos cuando se escuchó un disparo. Luego otro. Después varios más. Y finalmente una ráfaga tan larga y tan intensa que ninguno de nosotros pensó siquiera en moverse. Nos quedamos completamente inmóviles.
Al día siguiente supimos lo que había pasado.
Julián había estado vendiendo en la plaza equivocada. Le dispararon más de cuarenta veces, casi todas en la cara. Quedó irreconocible.
Cuando escuché la noticia sentí un vacío en el estómago. No porque fuera mi amigo, sino porque sabía perfectamente quién era. Hasta el día anterior era otro muchacho más del pueblo. Al siguiente ya era un cadáver del que todos hablaban.
Esa mezcla de crecer con un padre obsesionado con la muerte y, años después, vivir rodeado de tanta violencia hizo algo dentro de mí. Poco a poco me acostumbré tanto a la muerte, a verla tan cerca y tan presente, que terminé volviéndome casi inmune a ella.
Hoy, con más de treinta años, cada vez que muere un familiar, un amigo o un conocido, no puedo llorar en el entierro. Me incomoda estar allí viendo a todos llorar mientras yo no siento esa necesidad. No es que no me importe quien se fue. Simplemente la muerte dejó de sorprenderme hace mucho tiempo.
Desde muy pequeño comprendí que lo único verdaderamente seguro en nuestra vida es nuestra muerte. Quizá el precio de comprenderlo demasiado pronto fue acostumbrarme tanto a ella que dejó de dolerme como parece dolerle a los demás.