Esa lucha la llevó siempre solo, bajo la luz mágica de las voces y las imágenes que viajan en redes como luciérnagas del corazón.
Hasta que hizo un amigo con quien sentarse en la misma mesa, con quién tomarse una cerveza, reír, hablar de las cosas de su pueblo, llegar del trabajo a hablar de lo duro del día, soñar con el retorno en dos voces, aliviando el dolor de la espera.
Él tampoco dijo nada, solo sacó algún dinero de su escondite, una gorra de su equipo preferido de béisbol, y se las dio.
-Salgo mañana a las 5 de la tarde -le dijo sonreído -los muchachos dicen para vernos esta noche.
Es muy temprano, hoy, como todos los días va para el trabajo, bien abrigado, con la comida del día en el morral, teléfono celular con la batería bien cargada; pasa por frente a la habitación que hasta hace poco estuvo habitada por el amigo, y escucha el peso del silencio.
Regresó del trabajo, exhausto, hizo las llamadas de siempre, una ducha caliente, preparó la comida y se sentó a comer, solo, sintiendo el ritmo de las horas, la tristeza del migrante.