Tenía 6 años, salió de la ducha con un descolorido short rojo, sin camisa y descalzo.
_¿Qué prácticas tú le pregunté?-
-Nada me respondió -con una voz diminuta.
Y efectivamente nunca había hecho deporte, era uno de esos niños que viven en la calle, desamparados, como muchos que conocí en mi carrera de entrenador deportivo.
Después de mucho luchar, logré que trajera a un tío de él.
La historia de siempre, no conocía a su papá, y la madre era alcohólica.
Al año Juan fue campeón nacional de la categoría preinfantil de gimnasia, y siendo infantil ya le ganaba a los adultos.
A los 13 años vivía conmigo,en mi casa, pertenecía a la selección nacional, y habíamos estado en tres países de Suramérica y en los Estados Unidos.
Ahora si veía yo posible aquella utopía de formar un campeón mundial en un estado tan deprimido como Sucre.
Un día mientras Juan hacía los deberes de la escuela, una mujer toco a la puerta de la casa.
Era una mujer joven y atractiva, y no venía con rodeos:
-Mire profesor, yo sé que usted tiene grandes expectativas con mi hijo, ya yo sé que el muchacho es bueno, si quiere se puede quedar con él, pero este es el precio.
-Y puso la cantidad en un papel.
Yo me puse furioso, y le dije:
-Su hijo va a tener conmigo entrenamiento, todos sus gastos, estudios, todo lo que le haga falta, pero usted a mí no me va a sacar ni medio.
Y así se perdió mi sueño de formar un campeón mundial, y me quitaron al que yo pensé que sería mi segundo hijo.
De allí en adelante perdí el entusiasmo, me dediqué a otras actividades y dejé de formar atletas de alto rendimiento.
Cuatro años después de que se llevaron a Juan, venía una competencia muy importante para Cumaná, y yo no tenía ningún atleta.
Un compañero de trabajo me dijo:
-¿Por qué no buscas a Juan?, ese muchacho es muy talentoso.
-Ya debe tener 17 años, y tiene mucho tiempo sin entrenar- le dije.
Al otro día muy temprano, prendí mi Volkswagen, y me estacioné frente al rancho donde vivía Juan.
Yo siempre he llamado a todos mis gimnastas con un silbido, es el mismo silbido con que mi papá me llamaba a mí, y con el que mi abuelo llamaba a mi papá.
Lancé mi silbido, y en menos de 10 segundos estaba Juan frente mí.
-¿Qué estás haciendo? -le pregunte-.
-Atraco y distribuyó droga, profe -me respondió con frialdad.
Se levantó la camisa y me enseñó la pistola, luego me mostró la droga que tenía los bolsillos.
Luego me dijo con mirada triste:
-Hay que sobrevivir, profe.
Desde pequeño me dijo que su sueño era conseguirle una casa a su abuelita, por eso me lancé la última carta que tenía para salvarlo.
-Los Juegos Nacionales son aquí, en Cumaná, y el gobernador ha dicho que el que quede campeón va a recibir una casa como premio, ¿te animas ? -le dije poniéndole una mano en el hombro.
-Si usted me entrena,sí, me respondió.
Le di el dinero para que pagara la droga, el alquiler de la pistola, para que se fuera a afeitar, y se comprara ropa; esa misma tarde nos vimos en el gimnasio.
Sólo teníamos tres meses para prepararnos, eso hizo que todos pensarán que sería imposible que pudiera tener un buen resultado.
Juan comenzó entrenar desde el primer día como si nunca se hubiese ido del gimnasio, no se quejaba por nada y hacía todo lo que yo le decía.
La noticia del regreso de Juan se había corrido por todo el país,y cuando los gimnastas comenzaron a llegar a Cumaná, todos querían verlo para ver si aún mantenía las mismas condiciones de cuando era un niño.
Pero la situación no era fácil, el campeón nacional actual, había sido el subcampeón la última vez que Juan compitió, y nunca había dejado de entrenar. De hecho, venía dispuesto a ratificar su categoría.
Llegó el día de la competencia, en el gimnasio no cabía una persona más, yo jamás estuve tan asustado en mi carrera como entrenador, el campeón brillaba en el calentamiento, el público coreaba el nombre de Juan antes de que él saliera a a calentar.
Primero corrió un poco, luego se acercó a mí y me dijo:
-Tranquilo, profe, que a mí no me gana nadie en manos libres.
Manos libres era la prueba donde aspirábamos ganar la medalla de oro, teníamos un esquema muy exigente, y yo sentía que con tan poca preparación no la iba a aguantar.
Hicieron el sorteo y nos tocó pasar de último.
La ejecución del campeón fue tan impecable, que hasta el público local lo aplaudió calurosamente.
Pasaron todos los demás también con muy buenas ejecuciones, hasta que el locutor dijo:
-A la prueba de manos libres, Juan Rodríguez, por el estado Sucre.
Arrancó la algarabía ensordecedora del público, el locutor mandó a hacer silencio, entonces el silencio fue demasiado silencio.
En ese segundo, lo recordé llegando al gimnasio por primera vez, lo vi llorando cuando se lo llevó su mamá, y lo vi con la pistola y la droga.
Al pasar por mi lado me dijo:
-Mi abuelita tendrá su casa, profe.
A cualquier entrenador le diera vergüenza decir lo siguiente:
Cerré los ojos, y no lo vi competir.
Solo escuché la gritería del público cuando pusieron la puntuación.
Estuvo perfecto.
Yo también me retiré al poco tiempo, algo me decía que ese era el mejor momento.