Cuando el hambre se apodera del cuerpo colma la animalidad, se desgarran los tejidos y el pelaje se hace denso, desordenado, se ahinca en el estómago la agua del inicio, la que construye la membrana, y entonces el animal hecho enredo, mezclado con hojas de toronjil o teñido con cúrcuma, sí, el animal construído para matar cualquier prejuicio, se levanta.
Si es una expresión maligna Oorskot sería un maleficio para la retina. Pero más bien Oorskot es una bendición para los órganos henchidos de sangre, palpitante el sexo, y no, claro que no es aberración formal, es despliegue casi sonoro de un lamento, porque todo lo que está vivo se lamenta.
Lloran estas piezas, lloran porque les duelen las venas, y los ahorcan los hilos transparentes de sus coyunturas.
Pero sobreviene, lentamente, el peso de una resolución: dar de comer a la bestia de tabique naranja es la obligación del maestro, su demiurgo, porque ella es la destrucción del mundo visible, puro y ordenado, de su garganta borbotean criaturas hambrientas, sucias, maltrechas, criaturas que nadie quiere, que nadie espera, horror.
Oorskot es excedente en afrikáans. El monstruo sin hocico no muerde, pero sí amarra, te traga porque le sobran hilos para envolverte. Mucho cuidado con acercarte a los residuos de Ingshaan Adams, porque gritan áfrica y eso incomoda.