Este poema lo escribí en 1982, luego de releer "Confieso que he vivido", la maravillosa autobiografía de Pablo Neruda. En esos días yo veía todo a través del lenguaje del poeta y recordé el dolor profundo que sentí cuando supe la noticia de su muerte nueve años antes. De allí la frase final de este poema.
Mi intención era publicarlo en el marco del concurso que lanzamos en la comunidad Literatos, que llevó por título Concurso de Poesía "Residencia en la Tierra", en homenaje a Pablo Neruda". Por supuesto, no en calidad de participante, pues como anfitrión del mismo, no me correspondía. Pero sí quería enmarcarlo en dicho evento, pues también aquí yo le rindo mi homenaje personal. Sin embargo, el destino no lo quiso así, pues por más que lo busqué, no apareció por ningún lado, hasta este momento que "un chispazo" en la mente me dijo donde encontarlo...
Aprovecho esta ocasión para felicitar públicamente a todos los participantes del concurso, en el que prevaleció la calidad, y en especial a los tres ganadores del mismo: @acostacazorla,
@adncabrera y
@gracielaacevedo. El veredicto del concurso lo puedes ver en Premiación del Concurso de Poesía "Residencia en la Tierra", en homenaje a Pablo Neruda - #Literatos.
Sin más, los dejo con mi poema.
A Neruda
Cuando se entreabrieron mis párpados
en señal de que la noche veladora de tantos sueños
se había despedido una vez más,
pude ver la madrugadora claridad
que se desparramaba por la misteriosa ciudad
de eléctricas estrellitas colgadas de los postes,
avisándoles a los escasos grillos
que debían ceder su turno musical
a los también escasos gallos.Un bloque de luz del astro rey había invadido
la pequeña habitación que albergaba mi ser.
Aquella luminosa presencia
se infiltró cautelosamente
a través de una diminuta ventana
que observaba tristemente las calles.
Afuera el sol, el que da vida a los colores,
parecía más brillante y fulgoroso
que los demás soles,
aunque, quizá ese del 23 de setiembre
fuera el mismo de otros días;
el mismo del que él hablía hablado.La faz iluminada de la tierra
recobró su cotidianidad.
Las fábricas continuaron produciendo obreros;
en las escuelas se siguió enseñando
lo que nos querían enseñar;
las redes pescadoras se hicieron a la mar
en busca de sus plateadas, doradas,
amarillas, rojas, grandes y pequeñas víctimas;
los pintores regaron sus óleos y sus acuarelas
en los lugares más inesperados,
mientras en los campos se sembraba
o se recogía el blando algodón,
el dorado trigo o el americanísimo maíz.Su melancólica mirada ya no lo vería.
Caracas, 09/04/1982
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