Por las montañas del campo donde nací, cada noche veía las polillas volado alrededor de las lámparas de gas, la jumiadora o la de cristal, circundando siempre la luz y el calor. Hoy seguimos viéndolas entre las bombillas eléctricas, pero no es lo mismo.
Una noche, las polillas hicieron una reunión. La reina alzó la voz y expresó una tremenda incertidumbre... quería saber que era el fuego, porque le atraía tanto a todas y no lograban explicar la razón.
Nadie supo decirle lo que era el fuego. Así que ofreció premios y recompensa a quien le diera la información.
Alguien levantó la mano y fue volando hacia el fuego se detuvo cerca y regresó diciendo que era luminoso, otra decia que era caliente, otra que quemaba. Pero todo sabian eso, y siguieron sientiendose impotentes frente al misterio del fuego.
Otra levantó la mano y dijo que intentaria descubrirlo, nadie la tomó en serio, ya no había nada que hacer.
Pero ella emprendió el vuelo, se acercó al fuego, giró a su alrededor, y para el asombro de todas las polillas se lanzó hacia el fuego, dejándose abrasar por sus llamas.
La reina estaba de pie, pero no parecía sorprendida, sonrió, para sorpresa de todas, y dijo:
Ella ya sabe lo que es el fuego.
Mezclando la realidad con esta fábula, que la reconstruí con un cuento que vagamente recuerdo, hablan mucho de nuestra atracción por el Misterio de Dios. Podremos haber escuchado millones de testimonio de la experiencia de Dios con tantos hermanos, pero nada se compara con la decisión y el don de la fe que nos hace lanzarnos hacia Él, dejarnos abrasar en su amor y sabernos hijos de Él.
Experimentar su misericordia, su perdón, su santidad... aunque sean pequeños reflejos de su ser, plenifican la vida de cualquier persona más allá de sus realidades y circunstancias.
Por eso dice el salmista que vale más un día en la casa del Señor que mil fuera de ella.
No nos conformemos con conocerle de oídas... corramos hacia el fuego de su amor y dejémonos consumir por su gracia.
II Pedro 3:18
Crezcan, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.