¿Qué esperas?
Esa es la primera pregunta que se te ronda en la mente conforme vas caminando por las atestadas calles del Centro de la ciudad, esa que te vio nacer, te vio crecer y, posiblemente, te verá morir cuando alcances la edad de la ancianidad o cuando decidas por mano propia a una edad mucho más joven.
Con esa necedad propia de ti te aferras a un sueño, a una esperanza, a una confianza ciega de la que muchos mueven la cabeza, diciéndote que debes amoldarte a la vida, porque ella no querrá hacer lo que quieras cuando quieras. Inútil es para ti explicarles que no se trata de hacer lo que uno quisiera, sino de hacer lo que le apasiona, lo que te impulsa a vivir.
Pero sabes que no lo comprenderán por más que se los expliques; sabes que no quieres ser alguien más del montón, que no vas a rendirte hasta obtener lo que deseas sin importar cuántas lágrimas, cuánto sudor, cuánto esfuerzo inviertas en ello.
Sabes que puedes lograrlo, sabes que rendirte nunca fue una opción para ti; sabes que a la gente no le interesa lo que sientes, lo que quieres hacer con tu vida.
Y ahí sigues: luchando, sin rendirte, con la esperanza de ver los frutos de esa lucha.
¿Qué esperas?
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