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Cuando la luna está llena, es momento de pedir un deseo. Ese fue el primer pensamiento de Alberta mientras acechaba por la ventana de su casa una noche.
No negó en absoluto que había desarrollado una suerte de obsesión por el tema lunar, nacida de la desesperación de cambiar de trabajo y de abandonarlo todo en pos de un nuevo camino; no obstante, hacer eso no solo requería valor, sino también de dinero. Algo que ella solo tiene a cuentagotas en un empleo que le exige mucho y paga tan poco.
Para poder lograrlo, requería de un empleo de alto valor, como solían llamarle algunas personas que conocía, además de estar libre de toda deuda. Al no tener ninguna de las dos cosas, no podía hacer nada.
Por ello empezó a refugiarse más en la idea de estar enviando currículos a todas las vacantes posibles que pudiera encontrar, sin tomarse la molestia de estarlos modificando acorde a las responsabilidades de la vacante, como muchos gurús del empleo señalaban.
No obstante, era mirar a la luna y pedir un deseo lo que constituía una verdadera fortaleza, mas no era por creer que la luna cumpliría su deseo, sino porque sentía que la luna comprendía a la perfección su vida.
¿Y cuál era su deseo más grande? Simplemente cerrar los ojos y volver a aquella época en donde sus abuelos vivían, en donde aún estudiaba la carrera, en donde la vida era más sencilla. Una segunda oportunidad para hacer las cosas bien y no cometer aquellos errores que la llevaron a pedirle a la luna ese deseo.