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En el anexo al pabellón de los hospitalizados, Óscar se dejó caer en uno de los banquillos. Había visto a su madre en estado vegetativo, inconsciente, auxiliado por un aparato para respirar.
Sabía que lo que vendría después de que su madre fuera desconectada serían vueltas, complicaciones y más deudas de las que pudiera pagar.
Deudas. Deudas que él sacó por su madre, a quien muchas veces no le alcanzaba el dinero de la pensión y a quien las financieras no le podía prestar por su edad. Deudas que lo comerían vivo.
Miró hacia el otro lado del pasillo. Un casillero empujaba la silla de ruedas de una paciente que iban a instalar en la cama que estaba al lado de la de su madre.
Se imaginó por un momento que era ella, en alguna realidad alterna, saliendo de alguna operación de la vesícula, situación que ella no quiso atender debido a que temía por fallecer en la mesa de operaciones. Se imaginó a sí mismo corriendo detrás, cargando un montón de bolsas, como lo hizo con su hermana cuando la operaron de la vesícula, tratando de estar a la par del trote del camillero.
Levantándose del banco, regresó al pabellón. Contempló a su madre, quien estaba rodeada de las máquinas que la mantenían con vida. Tomó su mano y empezó a narraron sus planes a futuro, sus sueños de convertirse en escritor, de tener una casa propia, de plantar un pequeño huerto en el jardín... Casarse no estaba en sus planes, pero estaba abierto a la posibilidad.
Levantó la mirada hacia la ventana. “Afuera la tarde está hermosa, madre”, dijo con voz quebrada. “Los árboles verdes, la luz tornándose naranja, el ruido de los autos… Mamá, si tan solo lo vieras…”
