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De repente me sorprendo
pensando que quizás todos
somos Odiseo, el rey de Ítaca.
De repente empiezo a pensar que
todos anhelamos regresar a un lugar,
a donde los recuerdos más felices
perviven a través de sus paredes.
Que nosotros, al igual que el rey,
tenemos que usar todo nuestro
ingenio para emprender ese camino
y enfrentar los obstáculos
que pudieran interponerse en el camino.
Que debemos enfrentar el dolor,
que debemos dejar ir lo que nos ata,
que la vida es una travesía entre
los mares de la vida, con todo
y sus monstruos más horrorosos.
Que todo cambio es solo la travesía
de un barco que busca llegar
hacia el punto final,
hacia el punto de partida.
De repente todo tiene sentido con Odiseo:
Troya es nuestro nacimiento,
Ítaca es nuestra muerte.