A mi abuela Tere (1937 - 2026). Gracias por el cariño y el afecto que nos has dado. ¡Hasta siempre, dulce dama!
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Un cenzontle pasó volando sobre mi cabeza. Era de plumas grisáceos, casi plateadas, con toque de negro. Se paró en el árbol de almendra que adornaba la Avenida Itzáes.
Lo miré con admiración. Lo miré con envidia repentina.
Él era libre. Él podía volar, encontrar un hogar en esa jungla de concreto, entre los pocos árboles que todavía sobrevivían al avance de los años y los siglos. Podía ir y venir de lugares muy lejanos, poner sus nidos en algún árbol libre de depredadores. Su vida será corta, pero al menos lo viviría intensamente, entre vuelo y vuelo.
Y yo… Yo siento que no podré hacer nada de eso. Que no nací con esa suerte. Nací con sueños y esperanzas, más no con suerte. Que quizás luche y luche por esos sueños y esas esperanzas, sabiendo que la suerte no está de mi lado.
Pero debo intentarlo.
Levanto la mirada. El cenzontle ya no estaba, pero por alguna razón su vuelo, su color, y su libertad me dieron esperanza, quizás el recordatorio de que uno no siempre nace con la suerte, pero sí puede creársela con tiempo y esfuerzo.
