La tarde se había tragado el azul del cielo. Ahora, todo era un color naranja profundo, casi rojo, como el zumo de una naranja muy madura, pero mucho más caliente. Las montañas al fondo parecían fantasmas suaves, borrosas por la bruma de ese atardecer tan intenso.
En primer plano, solo había ramas secas, como garabatos oscuros dibujados contra la luz. Eran ramas delgadas, sin una sola hoja.
Y justo en la punta de la rama más alta, estaba Pipo.
Pipo no era un pájaro grande. De hecho, era más bien pequeño, un punto oscuro con una cabeza más grande que el resto de su cuerpo, visto desde la sombra. Llevaba horas allí, haciendo guardia. Pipo era un mosquero, y su trabajo, como el de todos los mosqueros, era esperar.
No se movía. Su silueta era perfecta, negra y recortada. Estaba tan quieto que casi parecía parte de la rama. Pero sus pequeños ojos, que nadie podía ver desde abajo, estaban muy despiertos. Estaban buscando el siguiente bocado. Un mosquito despistado. Una mosca lenta.
El silencio era pesado. Solo se oía, a lo lejos, el murmullo del viento que bajaba de las montañas fantasmales.
"Otro día que se va", pensó Pipo, si los pájaros pensaran en frases hechas.
Para él, el atardecer era la hora de la calma antes de la gran cena. Sabía que pronto, cuando el naranja se volviera violeta y luego azul oscuro, los insectos se despertarían. Y él, el pequeño vigilante de la rama alta, estaría listo para el último vuelo del día.
Apretó un poco las diminutas patas. El aire se estaba enfriando. Abrió y cerró el pico una vez, un bostezo silencioso. Justo entonces, una pequeña mosca danzó tontamente a pocos centímetros de la punta de su rama.
Pipo no lo dudó.
En un relámpago oscuro, el punto negro se despegó de la madera. Un aleteo rápido, un giro en el aire naranja, y el ¡clac! de su pico.
Regresó a su mismo puesto, con la cena en la boca. Se tragó el bocado.
Se volvió a posar. Inmóvil.
Perfecto.
Esperando la noche.