La esquina que no olvida

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Che, mirá esa foto. A primera vista, es una esquina más, ¿viste? Un cruce con su cebra pintada, un semáforo medio viejo y ese local de Cheeky de fondo, con la vidriera llena de promos. Pero para Simón, no es una esquina. Es un imán de recuerdos feos.

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Justo ahí, hace como un año, lo pasaron a llevar. Un garrón total.
Simón va caminando por la vereda, con la cabeza gacha. Tiene que cruzar por esa misma cebra, sí o sí. Es el camino para ir a lo de su vieja. El sol no ayuda, le da justo en los ojos, pero él siente un frío en el estómago que no es normal. Pone un pie en el asfalto y se le vienen todos los flashes.

Se acuerda del ruido, ese chillido de freno que te taladra los oídos. Se acuerda del golpe, más seco de lo que te imaginas, y de cómo el mundo se puso al revés en medio segundo. Y después, el piso. El olor a nafta y ese silencio raro de la gente alrededor que te mira con cara de “¿está vivo?”.

Ahora, mientras la gente pasa apurada a su lado, Simón se queda tieso en el borde. Mira el semáforo y la luz verde para cruzar está prendida, clarita, pero él ve todo rojo. Es como si el cuerpo le dijera: “Pará, flaco, acá te la diste”.

Se agarra la mochila con fuerza. Nota cómo le tiemblan las manos. Un pibe en bici le toca bocina, un “dale, pasá” silencioso. Pero Simón no puede. Vuelve la vista al local de Cheeky, a ese cartel que ya vio un millón de veces, y en vez de ver ropa de chicos, ve la cara del tipo que manejaba, pálida y asustada.

Respira hondo. Cierra los ojos un toque. “Es solo una cebra, boludo. Ya pasó.” se dice a sí mismo, como un mantra. Sabe que tiene que cruzar, pero la idea de pisar de nuevo esa pintura blanca le da una cosa. Es ridículo, lo sabe, pero el cuerpo no escucha a la cabeza.

Finalmente, da un paso. Después otro. Va lento, como en cámara lenta, sintiendo que cada línea blanca de la cebra es un obstáculo. Y cuando llega a la otra vereda, a salvo, siente que acaba de correr una maratón.

Se detiene un segundo más, de espaldas a la calle, y mira hacia atrás, a esa esquina, a ese cruce. Es una foto común, pero para él es un lugar de mierda. Suspira. “Bueno, ya está. Hasta la próxima.” Y sigue caminando, intentando sacudirse esa sensación pegajosa de tener miedo de una simple esquina.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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